A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

martes, 22 de enero de 2008

Carta abierta a los señores Hugo Bukoswski y Abel Francés

La idea es algo confusa. Por un lado no sé si es un texto de Hugo Bukoswski acerca del poeta Charles Hodelín, o Charles Hodelín escribe al otro. O tal vez sea que en realidad Hugo Hodelín escribe a Charles Bukoswski. La idea es una broma pero funciona. Por otro lado encuentro que Abel Francés no es un apellido, ni mucho menos la nacionalidad del poeta; pero funciona muy inteligentemente que sea un Abel de Francia cuando en realidad es nuestro amigo Abel G. Fagundo quien escribe un texto para Jean–Pierre Duprey.
La “culpable” de esta confusión que me resultó agradable, diáfana, es Laura. Nombra con estos confusos nombres unas carpetas que señalan no una verdad disparatada. Sin querer Laura me ha dado la clave para estas palabras que de algún modo refrendan las poéticas que insinúan y ofrecen estos autores, algo que muy bien hacen compartiendo el drama de ellos con el de Bukoswski o Jean–Pierre Duprey.
La geografía y la poesía están juntas, inscritas en lo que creo un azar concurrente que une a dos poetas de esteEn el bosque fránces de la Calle Medio. Abel G. Fagundo espacio geográfico. Para Hugo, Bukoswski está en su misma desgracia. Hay esta pobreza que él ubicó no en Los Ángeles y San Francisco, sino que nos llama a la puerta, entra en nosotros desde su dimensión de poeta humano dentro de la ciudad de Matanzas, que es humilde y pequeña pero es la nuestra. Su lealtad a lo sucio es reflejo de un mundo que muy bien entronca con aquel alcohólico que nos golpea el rostro o se acuesta con las putas más tristes y pobres de su barrio… O se acostaba. El poeta que duerme en tugurios como que buscando la poesía que no es la mirada light a la ciudad, sino ese dolor que ocultan de los triunfadores. Para Abelito el bosque de Duprey es tan sacrílego porque lo halla en las cuadras y bocacalles de la sencilla calle Medio de Matanzas. Geografía del silencio y el polvo, mirada a lo maldito que recurre al sonido de las palabras, a la aplicación de una verdad que ya no es anunciar una muerte en medio de una puesta en escena sino consumar una mirada al mundo desde lo alucinante.
Hugo es un poeta sucio, no desde el oficio. Abel es maldito, con esa maldad que permanece entre nosotros más allá del camino que nos esconde un recodo o del trago de ajenjo, para nosotros los rones humildes que degustamos en pandillas sin posibilidad de llenar de grafittis el mundo. Ambos miran una perspectiva sin igual a la hora de escuchar cómo cantan estos poetas en ellos mismos. Ambos son mis amigos desde el momento mismo que tengo a bien presentar una “Carta abierta a Hugo Bukoswski” o pasearme “En el bosque francés de la calle Medio”. Amigos míos desde hace ya mucho tiempo.
Estas palabras las encuentro difíciles en realidad. Tanto dolor apuntala la poesía que se traduce en ocres y sepias. No puedo pensar un bosque en medio de la ciudad sin tener como vecino a un hombre como Charles Bukoswski que está de bar en bar y de puta en puta. Hugo denuncia la pelea sucia, los golpes donde no debían haberle dado golpes. El poeta hundido entre la mierda y haciendo de ella poesía, el poeta entrañablemente hermano, hijo y padre, también “mirando la mulata de tetas grandes”. Abelito orina con su falo a soldados, o cree que no le alcance, escondido porque “todos somos aquí refugiados de la suerte”. Subvierte la suerte y la gracia y se esconde en sí mismo para mostrar a este extranjero hermano de su soledad ese bosque tan sacrílego como el que en Francia Duprey colocó como pretexto para su suicidio.
Para quienes la poesía sigue siendo un canto y no un arrebato les recomiendo que no anden por aquí. Las calles de Matanzas no están pintadas con el color local de lo que llaman “matanceridad”. Los que no temen a lo que puedan hallar les aseguro que la trayectoria es dura. Golpes duros y bajos, al mentón, a la poesía barata. Es recomendable para señoritas sin miedo y venerables ancianos que ya no les importa qué piensen de ellos. Es, en resumen, dos textos que se apilan en la memoria y nos entregan la culpa del callar y el triunfo del grito.

Las plaquettes "Carta Abierta a Charles Bukoswski" de Hugo Hodelín Santana y "En el Bosque Francés de la Calle Medio" de Abel G. Fagundo, fueron publicadas por Ediciones Vigía en el 2007, ambos textos merecieron el Premio América Bobia del 2006.

Gaudencio  Rodríguez SantanaPor: Gaudencio Rodríguez Santana(Perico, Matanzas, 1969). Ha publicado entre otros, los libros de poemas "Accidentes", (Ediciones Matanzas, 2003), "Teatros vacios", (Ediciones Matanzas, 2003), "En la moviola", (Ediciones Avila, 2006)

viernes, 18 de enero de 2008

Paisajes en el borde de la realidad

En la contraportada del libro de cuentos “Paisajes en el Borde” pueden leerse estas notas del editor:
 
"Las historias que reúne este libro nos muestran un paisaje nada contemplativo, nada estático: Los cuentos de Isnalbys Crespo pulsan temas comunes, cotidianos, pero de una dinámica surreal, impresionista, teatral, los límites, los difíciles lindes que separan o unen el amor, el odio o la amistad, el sueño y a la realidad, mueven a estos personajes, siempre al borde de sus instintos, en ambientes alucinados, fabulosos, que limitan lo dramático, los grave de sus experiencias."
Paisajes al borde llega a la narrativa escrita por matanceros en un momento de crisis, dispersión quizás, en el que no puede clarificarse - como en el caso de la poesía- la existencia de una “grupalidad”, de un movimiento que abarque diferentes variantes estéticas y generacionales. Hay algunos autores importantes, destellos individuales que han alcanzado ubicar su obra en diferentes niveles; pero no es perceptible, al menos no lo ha sido hasta ahora, la continuidad de la narrativa escrita en Matanzas.
En este libro de Isnalbys, que con buen tino publicó la Editorial Aldabón de la AHS -la más joven de las editoriales matanceras-, se reúnen una muestra de cuatro cuentos de la escritora, relatos que en comunión estructuran una historia única en la que sobresalen la utilización del ritmo, la ausencia de contextos fácilmente definibles. A la autora no le interesa ubicarnos en un espacio o en un tiempo precisos, la urbanidad, los paisajes reales no son aquí importantes, sólo hay referencias distantes a la cantina, a las oscuras calles, al norte…. El drama sicológico de sus personajes y las circunstancias que fuerzan determinadas actitudes limites es lo que la narradora quiere mostrarnos.
El cuento “En el borde”, a mi juicio el mejor de los cuatro, es un relato breve y apasionante. Su personaje, una niña entre los siete y los diez años que nos narra en primer plano con un tono ingenuo pero dramático, que nos conduce por el drama racial del rechazo, hija al cuidado de una relación interracial en la que el blanco y el negro van más allá del contexto de las razas y transitan por una multiplicidad de símbolos. El agua, los colores, el ahogo, la necesidad de una libertad que no pueden vivir ni los peces que la niña alimenta en la pecera, ni ella, entre las paredes inexactas y la violencia de una madre desequilibrada. Isnalbys nos envuelve en una atmósfera creíble en la que las oraciones cortas condicionan la respiración del lector. Exhibe un dominio del relato y una economía de recursos lingüísticos que nos estimulan.
Una de las citas con las que la autora decide iniciar su libro, acercarse en una suerte de referencia y destino común, es aquella de Clarice Lispector que dice:
Escribir es una maldición (…)
pero una maldición que salva.
Me arriesgo y agrego, apropiándome de la voz del lector, “bendita maldición que nos permite leer un libro como “Paisajes en el Borde”, bendita maldición.
Por: Abel G. Fagundo
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En el borde
Mi madre me dijo ayer que pronto me iría a vivir a otro lugar con mis peces. Movía la cabeza de un lado a otro, mientras revolvía el arroz y me gritaba: Quítate delante de mí, muchacha, tan parecida a su padre. ¿Será un defecto ser hija de Andrés? Es cierto, tengo la nariz aplastada, pececitos, pero no se preocupen, puedo respirar. Ella dice que cuando nací ni una careta de buzo me hacía nada. Los médicos me habrán confundido con los peces. Por eso los quiero tanto. Papá los compró hace meses. Desde entonces yo les hablo y les pregunto si ellos entienden a mi mamá. Les llevo pedacitos de pan, pero no se los comen, sólo lo hacen cuando me voy, cansada de verlos pasar lentamente por las esquinas de la pecera, sin responder ni una palabra.
A veces mi mamá se empeña en peinarme y yo no quiero porque nadie me va a celebrar, entonces se desespera y tira el peine al suelo: No sé quién me habrá mandado a aceptar a tu padre, ahora tengo que peinar tus greñas. Ya me cansé, sabes. Echo el peine en la pecera, pero a ellos tampoco les interesa peinarse. Andrés me trajo caramelos no los he comido. Iba a contarle lo de mamá, pero no me atreví. Hace rato están encerrados en el cuarto y ninguno de los dos sale.
—No la soporto más, te la llevas, Andrés.
—¿Qué te está pasando, Miriam, te volviste loca?
—Tú nunca pierdes, pero esta vez sí.
—Cállate, anda, ella puede escucharnos. Cierra la puerta.
—No me importa, estoy cansada de sus tonterías. Ahora conversa con los peces llena la pecera de cuanta porquería encuentra.
Les eché el paquete de caramelos a los peces. Se pusieron muy contentos; en cambio, mi madre mueve los pies como el sillón si le regalo el romerillo que crece en el patio. Los peces ya son mis amigos y ahora siempre me agradecen y se despiden de mí con unas burbujitas de lo más resplandecientes; así las llama Andrés cuando me ve frente a la pecera. En ocasiones me voy con él al parquecito. Mi madre le pelea porque, según ella, estoy demasiado gorda y grande para montar en un columpio. Me hace un moño horrible y me pone el vestido más despintado del cesto de ropas sucias. Papá no se da cuenta. La veo reír sin sacar los dientes. No sé por qué se porta así. Una vez dibujé un castillo y rompió la hoja: Deja de pintar y aprende a coser, se lo diré a tu padre en cuanto llegue. No lo hizo. Papá entró y me cargó. Ella después me abrazaba como si quisiera desaparecerme.
Me ha obligado a conocer dos colores; el negro y el blanco: Tú Andrés son negros, yo soy blanca. Lo repite tantas veces que corro a mirar a los peces. Ellos tienen colores extraños y entonces me tranquilizo y les pido que no se vayan. Es mejor vivir en el agua, aunque saqué al más chiquito y se murió. Lo tapé con mi almohada y mi madre lo descubrió. Dormí en el patio. Andrés no lo supo, trabajó esa noche. Por suerte miré para arriba y el cielo estaba negro y no tuve miedo, él estaba conmigo. Papá se puso muy serio cuando ella le dijo que tenía que hablarle sobre mí.
—Cuento los días para dejar de verla. Me enferman sus estupideces.
—Estás alterada, ¿adónde fuiste que estás así?
—Al hospital, voy a atenderme con el médico.
—Qué te dijeron?
—¿Para qué deseas saberlo, tu niña es más importante?
—Déjala tranquila, chica, ella no se mete contigo.
Ella me detesta, estoy segura. Le encanta molestarme y después cuenta la historia a su manera. Miriam dice que soy boba, aunque aprendo muy rápido. Se aprovecha porque nunca puedo explicarle bien a Andrés. Se me traba la lengua. Formo tremendo alboroto y es imposible hacerme entender; entonces lloro de rabia ella es la vencedora. A veces sueño con ella dentro de la pecera, contándoles lo mucho que nos quiere.
Miriam se acuesta con Andrés de una forma muy cómica. Se creen que duermo, pero no puedo. Siento los ruidos pegaditos a mí. Se quitan las ropas y las tiran al suelo. Se hacen cosquillas y ruedan de un lado a otro. Papá Parece caerse de la Cama , pero logra agarrarse a las sábanas y al mismo tiempo las estruja cantidad. Si yo lo hago, ella me regaña. En ocasiones escucho a Miriam quejarse. Permanece escondida, debajo de él. No le agrada que la interrumpan: Esta chiquilla es más atrevida. Tira la puerta con rabia, mientras Andrés intenta controlarla. No la comprendí del todo, pero traté de enseñárselo a mi muñeco, pero no supo mover los dedos debajo de mis muslos, ni tampoco controlar mi llanto cuando ellos me sorprendieron con él, agachada sobre la cama, como los vi la noche anterior.
Los peces no se quitan la ropa, ni dan saltitos, ellos se pegan un rato y se separan sin tan siquiera sudar. Andrés me trajo un nuevo pececito, es negro. Seguro a Miriam no le gusta y le está pidiendo a papá que me lo quite, para verme llorar.
—Ya estoy convencida, me oíste, voy a comenzar el tratamiento contigo o sin ti.
—Los médicos nunca saben la verdad, además, no estás segura de que yo deba ser el padre.
—Tengo un poco de miedo, si sale igual a ella, sería lo último.
—Y vuelves con lo mismo. Si me soportas a mí, a ella tienes que soportarla igual, ¿entendiste? No la compares con nadie.
Andrés ha puesto los nombres de los peces en el borde de la pecera. Al último lo llamamos negrito. A ese le doy más comida, es un glotón. Cuando Andrés salga del cuarto, le pediré irnos a casa de la abuela. A Miriam no le importará mi decisión. No soporto seguir escuchando sus discusiones. Deben estar peleando por mí otra vez. Si ella me perdonara, le daría mi pececito predilecto. Mi abuela nunca ha venido a esta casa. Cuando nos vemos en la calle, regaña a mamá: Ella no tiene la culpa de nada, no sé cuando mi hijo te dejará.Abuela se molesta cantidad. Me da deseos de darle un beso, pero no lo hago.
Mamá sólo intenta acariciarme cuando me obliga a ir a la bodega a comprarle los cigarros, que fuma uno tras otro. Él seguro se negará a marcharse. Según él, mamá necesita atención médica, y él la quiere, a pesar de su odio hacia mí. Los médicos me asustan con esas batas blancas como mamá, y la jeringuilla enorme con la que le sacan sangre le ponen un algodón, blanco como ella también. Esos días me trata peor y permanece callada, conversa sólo cuando llega Andrés. Voy a entrar al cuarto sin hacer ruido, aunque ella se incomode. Les tengo una sorpresa.
—Mañana será el último chequeo médico.
—No sigas con lo mismo, ese es tú problema.
—Entonces tú te irás con ella.
—Tampoco debe interesarte, es mi hija, no.
En la libreta de dibujos sólo pinto pececitos negros y blancos. La escondo debajo de la cama para que ella no la rompa. Los peces se han visto. He pintado a mamá y a papá también. Los he dibujado como mis amiguitos, pero no les he echado agua porque los demás pececitos se irían con sus burbujas. Deben ser enormes y mamá acabaría con todos, incluyendo a Andrés. Voy a sorprenderlos, ya le he contado al negrito lo que haré. Le pude ver los ojos, nunca los abre para verme, sin embargo hoy si lo ha hecho. Le brillaban como a Andrés cuando no me deja subir encima de la silla para quitar las telarañas. La última vez caí al suelo y me di en la cabeza. Papá corrió enseguida, pero ella ni se dio cuenta. El me quitó la horqueta y ella lo miró con los ojos atravesados. Les haré un regalo y así olvidarán mis boberías, como las llama Miriam.
—¿Ves por qué te la tienes que llevar?
— Niña, puedes cortarte.
— Lo que me faltaba, con la pecera en las manos.
—Estate tranquila Miriam, dame la pecera, despacito.
—Mira cómo está esa pecera, llena de caramelos, y así quieres que me calme.
—No fastidies, Miriam, la niña está nerviosa, contrólate.
—Ahora sí se va, Andrés, o me dejo de llamar Miriam.
Mamá comenzó a gritar y no pude entregarle mi pecera. Se me cayó y los peces comenzaron a nadar sin agua. Quise cogerlos, pero ella los pisaba sin ninguna compasión, mientras papá le pedía que no lo hiciera. Parecía sorda. Oía sus insultos con temor: No la quiero, llévasela a su abuela, ya me cansé de tu boba. Andrés la miraba asustado y me abrazaba. Yo veía al pececito negro luchando para no caer debajo de los pies de Miriam que se lanzó sobre mi papá y casi sin voz no se cansaba de repetir: Es tuya, Andrés, tuya. Nunca has querido aceptarlo, no soporto seguir viviendo con peces, me alteran. Los médicos te han dicho mi verdadera situación, pero te has callado, has preferido tenerme ilusionada por diez años con tu hija y no sé que pasa en mi vientre.
El negrito seguía arrastrándose. Lo tomé en mis manos, saltó varias veces y dejó de respirar. Lo besé y lo guardé en el bolsillo. Andrés salió del cuarto sin mirar hacia atrás. Ella le pedía que me llevara, pero no lo hizo. Hace rato estoy en la calle con el negrito dentro de un pomo, buscando el lugar de donde jamás debí haber salido.
Isnalbys Crespo

jueves, 17 de enero de 2008

Cuando la amortajaron descubrieron los destellos *

Con la muerte de Digdora Alonso en Julio de 2007, llega a su fin el ciclo escritural de una singularísima voz poética. Su longevidad le permitió transitar por diferentes momentos, nos permitió a nosotros conocerla, desentrañarla, rescatarla…
Ignorada durante mucho tiempo, este silencio llegó a su fin con el arribo de los años ochenta primero, luego los noventa, dos generaciones sucesivas que le devolvieron la atención, siempre acompañadas por esos tesoreros atemporales que se identificaron con su obra desde siempre y entre los que es justo destacar a Rolando Estévez y Alfredo Zaldivar.
Digdora fue dueña de una estética peculiar, si se quiere distinta, ajena a sus contemporáneos. Su poesía avanza por caminos diversos. El libro “Bajo el Hongo” es un ejemplo innegable de esa estética-“rara” de la que se ha hablado en múltiples oportunidades; casi siempre citando las valoraciones de Dulce María Loynaz, que a mi juicio, de tanto conocerlas hemos desfigurado la idea esencial de esas palabras que siempre deben ser tomadas en cuenta, y las que me permito repetir ahora:
Bajo el hongo es un libro raro y al mismo tiempo oportuno; un libro de los que por más de un concepto necesitamos ahora.Tan amargo como original y me atrevo a decir que sorprendente.
                                                   Dulce María Loynaz
No era Dulce María una mujer de halagos complacientes. “Bajo el Hongo”, fue en su momento un libro diferente que hoy nos sigue llamando la atención, valorizándose, más que por el peso individual de alguno de sus poemas, por el conjunto, por la unidad que puede apreciarse mientras se recorren sus páginas. Es así como debe leerse, como un transitar continuo en el que las diferencias, similitudes y hasta los errores, forman un todo, un cuerpo poético.

La obra de Digdora, a la que no podemos calificar de prolífera, ya que en sus más de ochenta años de vida escribió menos de una decena de libros de poesía, tuvo otro momento importante en la publicación del libro “ Yo mi desconocida” por Ediciones Unión en el año 1998. En este libro la escritora vuelve a mostrarnos su preferencia por el poema sintético, con una gran capacidad en la simplificación de las ideas, y aunque se mantiene en muchos de sus textos la preocupación, más bien la intención de recorrer con el lenguaje los movimientos de la “sociedad del hombre científico”, hay aquí un desplazamiento más evidente hacia lo que nos rodea. El Ser Humano ya no es un protagonista por si mismo si no que se construye a través de la naturaleza y el entorno que lo circunda
A mi juicio, “ Yo, mi desconocida” es el mejor libro de poemas publicado por Digdora Alonso… Lo es por muchas razones: en él la unidad vuelve a ser un factor estético decisivo; en sus versos nos habla una poeta más madura, sin las amenazas de la desconcentración, impresiona sobre todo por lo contrario, la serenidad inteligente de alguno de sus textos, la sorpresa filosófica, la fluidez de la síntesis… (Siempre que se es categórico se corre el temible riesgo del error, en todo caso, si estoy equivocado, “ Yo, mi desconocida” seguirá siendo un buen libro de poemas)
Cuando comencé a escribir estas palabras sobre Digdora, en especial sobre dos de sus libros más relevantes, “Bajo el Hongo” y “Yo, mi desconocida”, - de ambos la Revista Mar Desnudo publica ahora una selección en homenaje a la poeta – volví a releer algunas fichas que conservo desde hace más de dos años, cuando otro grupo de aventureros intentó editarle un sitio Web a la escritora Matancera. La idea, en la que participamos Yanira Marimón, María Esther Ortiz, y quien escribe, estuvo a punto de tener éxito, varias razones lo impidieron. Hoy el momento es oportuno para volver sobre el proyecto, darle presencia en la red a Digdora Alonso, es honrar a la cultura matancera.
Verso de Digdora Alonso, perteneciente al poema “Testimonio” del libro “ Yo, mi desconocida”
Por: Abel G. Fagundo
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Yo. mi desconocida.. Digdora Alonso
DEL LIBRO“ YO MI DESCONOCIDA”
Del fuego
Qué puedo decirle yo del fuego,
de la llama donde se suicidan las falenas,
de la luz del mundo
si lo miro asombrada como un niño
como el primer hombre que vio saltar la chispa de los
pedernales.
Miro su cuerpo de luz sin forma descriptible
y no le puedo decir siquiera: pon tu mano

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Del Cielo
Le traeré
melocotones aterciopelados,
suaves uvas,
musgo,
jazmines de fragancia,
avecillas dóciles y tibias,
el cofre de la música,
un beso...
para que no me pregunte por los astros
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Con el camaléon
Tú que sabes ser
un pedacito de madera gris
una hoja verde
y hasta fruta que empieza a madurar,
dime cómo me oculto,
enséñame,
yo también siento miedo
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El cielo en la raíz
Todos los días riego mi naranjo,
echo tierra sobre las raíces,
pero todos los días una amanece afuera,
siempre la misma
y vuelvo a cubrirla
creyendo hacer un bien.
Sorprendida me inclino a mirarla.
No hay huellas
ni tierra removida
ni desgarradura en la corteza.
Sólo en medio de la raíz una concavidad llena de agua.
Me inclino más para observar el pequeño lago.
El agua está transparente, pura,
refleja el cielo,
las nubes están también aquí.
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Brújula
¿Dónde estará el norte de los nortes,
el norte que señala con tanto afán?
¿Nunca sabremos a lo que apunta tu porfía,
lo que hoy inútilmente sin cesar proclamas?
¿O lejanos siglos ya supieron
eso que estás por decir
y nunca dices?
Tú, sólo una agujita imantada
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Escrito en un sueño
¿Puedo pedir las letras escritas por la mano
que era mía y era otra?
Lo leí de día y de noche,
a quien no puedo preguntar
aunque está aquí a mi lado.
Ese otro yo, acaso el verdadero.
¿qué decía el poema?
Los versos que escribí en un sueño
¿en qué papel quedaron, en qué memoria?
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Testimonio
No se sabe cuándo le nació un lunar a mitad
de la espalda
con las tonalidades del ópalo,
un lunar único.
Por aquel entonces ya el esposo no miraba su espalda.
Ella no tenía más que un espejito de mano
y unos vestidos con escotes altos.
Sólo cuando la amortajaron descubrieron
los destellos.
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Génesis Apócrifo
Dios los creó con unas alas enormes,
a su propia imagen y semejanza,
y los situó en el Paraíso diciéndoles:
De todo árbol del huerto podéis comer,
pero de este, y señaló el más hermoso,
no comeréis.
El fruto se mecía tentador en la rama,
voces interiores mandaban a desobedecer
cuando maduró cayó en las manos de Eva.
Las alas se desvanecieron.
Y oyeron la voz de Jehová-Dios que decía:
Os di toda la belleza y no la conocistéis.
Sea la fealdad.
Y la fealdad fue sobre la tierra.
La puso al lado de la belleza
y desde entonces andan juntas.
Dios terminó diciendo;
Creced y multiplicaos.
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Las mitades
Acaso Adán con todas sus costillas,
Adán con Eva adentro
o alguno de esos seres mitológicos
de dos mitades distintas,
Esfinge, por ejemplo.
Sí, tú
planteándome tu enigma
y la otra mitad que desconozco
como la otra cara de la Luna
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Prosapia del gato
Misterio en los destellos de sus ojos en la noche,
en los saltos desde la altura cayendo de pie y sin daño,
en su andar silencioso de uñas escondidas...
Sube a los tejados para ver a Isis en la Luna
y se tiende gozoso bajo los rayos de Horus.
No tiene dueño.
Pasa indiferente entre los hombres
que ya no son sus adoradores.
Vive con nosotros sólo por su odio ancestral a los
ratones que profanaban los templos de Amón Ra.
Pero ama la casa como un templo.
De los mitos griegos le viene su temor al perro
que siempre es el Can Cerbero.
y huye del agua de la laguna Estigia.
Cierra los ojos mientras come
para no ver a los que le ofrecen sobras.
Y gusta del pescado que no sabe pescar,
porque se lo llevaban como ofrenda
desde las márgenes del Nilo.
El gato era un Dios y lo recuerda.
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Yo, mi desconocida
I
Pregunto al aire que espiro
y su misterio cálido
pero todo esto de mí que conozco,
amurallado en mi misma
donde ni siquiera puedo
poner el oído y escuchar.
Es ignoto
¿será tan mío como mi cara?
Quizás mi corazón es verde
y no lo sé.
II
Si me encontrara con mi otro yo,
con mi alter ego legítimo,
conmigo misma frente a frente,
podría escuchar los latidos de mi corazón,
ver cómo se van formando mis huellas,
sobria de mi sombra completa,
me pasaría la mano por mi espalda acariciándola,
podría mirarme en mis ojos,
los miraría de veras
no en la imagen falsa del espejo
llorando en el crepúsculo
sin saber por qué.
III
Días en que me siento lejana
y me llamo a mi misma,
y a veces acudo,
pero otras
no sé a dónde he ido
pues me canso de llamar en vano.
Entonces suelen venir
mujeres
hombres
en situaciones tan conmovedoras...
y me quedo pensando
que todos esos seres
son también yo misma.
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Yo mi desconocida, publicado por la colección " La rueda dentada" de Ediciones Unión, 1998. Prólogo de Rolando
Estévez.
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Bajo el Hongo. Digdora AlonsoDEL LIBRO “BAJO EL HONGO”
En este siglo
donde hasta el infinito es finito
y todas las líneas son curvas...
Aquí estoy
con mi escuadrón de dientes
buscando vidas
como el hombre de Neardenthal.
Y tu sexo
y mi sexo
y uno
como un monstruo bicéfalo,
como Eva y Adán.

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Cómo utilizar una pieza buena
de una maquinaria inservible
para hacer funcionar otra.
Quien pone el corazón es el dueño,
hubiera dicho un romántico cursi.
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Ahora no sólo tenemos fotografías de los muertos
sino sus voces
y sus gestos.
Y hablan,
caminan,
fuman...
Ahora tenemos esos fantasmas,
esas vidas sin vida
para no acostumbrarnos a sus muertes.
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San Juan de la Cruz,
tú que la oíste dialogar con Cristo
responde
¿dónde está mi alma?
no me oye
no me oye
¿no me oye?
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Entre caballos de metal
águilas de metal
peces de metal
nuestra carne sin camino.
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Entonces
invitamos al hijo del vecino
a la matiné
para que no descubran
que queremos volver a ser niños.
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Los que cabalgan de nuevo en Rocinante
y saben ver gigantes ocultos
en los molinos aparenciales
y desoyendo a Sancho
entran con ellos en fiera y desigual batalla.
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Esta mujer no se desmayó,
no cerró los ojos,
puso la cámara en foco
y logró esta sensacional
fotografía
para todos los periódicos
del mundo.
No dice el pie de la foto
si alguien se metió en la jaula
para auxiliar al domador herido.
Daguerre y los otros no tienen
la culpa.
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La noticia vino por radio:
Los sicólogos
en respuesta a la crisis de inadaptación de la juventud
creen conveniente
sistematizar
el estudio de los adolescentes
y los fenómenos que los acompañan
y crean una nueva ciencia:
la adolescentología.
Como la sismología,
la vulcanología
y la meteorología.
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No más pecado original,
no más razas, no más clases sociales
y el sabor del fruto prohibido
se desplaza.
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De dioses abstractos a dioses
concretos:
el aparato electrónico
realizó un trabajo tan perfecto
que el hombre lo acarició
empequeñecido y emocionado,
pero la máquina no pudo
corresponder a la caricia.
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Einstein bajó al pueblo
y la relatividad más allá de la física
se aplicó a todo.
Y por las calles oímos que
todo es relativo,
y los profesores dicen que
todo es relativo,
mientras luchamos por mantener
absolutos a los héroes.
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Mientras el astrónomo
desde el telescopio de Monte Palomar
descubre una nova,
Carolina María de Jesús
desde la favela
observa con sus ojos el cielo
y piensa:
¿Existirán favelas allá arriba?
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La teoría de la plusvalía es
la piedra angular de la doctrina
económica de Marx.
Estaba como América antes de Colón
anunciada en la corriente del Gulf Stream
sin golfo en los mapas,
estaba como los cuerpos
cayendo sin Newton.
Marx:
con más razón
hubieras podido gritar eureka
y salir corriendo a las calles
desnudo entre encasacados
y harapientos.
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En este siglo tan lleno de música
¡nunca hubo tanta música en el mundo!
(si no pongo la radio yo la pone mi vecino)
trabajamos con música
nos bañamos con música
copulamos con música.
Hasta podría hacerse un
anuncio así:
Mientras dispara su fusil
escuche
desde el bolsillo de su guerrera
el último hit parade.
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Como Chaplin en El gran dictador
jugando caprichosamente
con el globo terráqueo...
Como la empleada
que en una biblioteca
lo sacude...
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Y todavía hoy
hacer una elegía
por todos estos
ladrones
alucinados
amorales
ególatras
trasnochadores consuetudinarios
que se han robado la sensibilidad
del mundo
y la transforman
y la dejan
sobre muchedumbres indiferentes
y unos cuantos asombrados.
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Bajo el Hongo, publicado por Ediciones Matanzas, 2001. Prólogo de María Esther Ortiz
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Digdora Alonso
Digdora Alonso González
Nació el 20 de agosto de 1921.( Falleció el 1 de Julio de 2007). De profesión profesora y escritora, Doctora en Filosofía y Letras. A partir de la década del 40 aparecieron trabajos suyos de crítica y poesía en diferentes publicaciones como son: La gaceta de Cuba, Bohemia, Yumurí y en publicaciones periódicas soviéticas y de República Dominicana, entre otras. Calificada por Dulce María Loynaz como una de las voces más importantes de la poesía femenina cubana. De ella dijo: "Usted tiene una obra digna ser conocida y admirada, lo cual por sí solo, constituye un hallazgo en esta poesía de hoy que no ha sabido hallar su rumbo"
Bibliografía Activa 
· Casi visible al atardecer (Poesía).
· Como ángel cierto.
· Bajo el hongo.
· En los márgenes del diario.
· Bajo el cielo de adentro.
· Para leer la rosa blanca (Ensayo)
Bibliografía Pasiva 
· Cartas de Dulce M. Loynaz, Raúl Ferrer, Francisco Garzón Céspedes, Delia Carrera, Waldo González López (todo en propiedad de la autora).
Premios y distinciones 
· Medalla por los 25 años en educación.
· Distinción por la Cultura Nacional (1991).
· Finalista en el Concurso Casa de las América.