A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

viernes, 22 de mayo de 2009

La cronología del naúfrago

Con la publicación de “Cronología del vértigo y del naufragio” (Colección Contemporáneos, Ediciones Unión, 2007) la poesía de Luis Marimón arriba a las editoriales nacionales. Abordaje que se ha tornado difícil para algunos escritores de provincia, incluso para Luis, marinero experto en los oficios del mar y la palabra. Pero el tiempo – reasignador audaz -  moldea constantemente la memoria y aunque a veces lo haga con demasiada lentitud, muchas cosas toman su lugar. Cada poética se reevalúa y redescubre gracias a esa disciplina exitosa de mirar hacia atrás. La selección de los textos que componen el poemario estuvo a cargo de la hija del poeta,  Yanira Marimón, quién junto a Alfredo Zaldivar y otros escritores vinculados a la producción literaria en la provincia de Matanzas; han venido realizando una revisión de la obra poética de Luis, releyendo entre una gran cantidad de manuscritos, libros inéditos, cartas  y notas de trabajo.
Esto nos permitió contar con la edición de “Herencia de la Soledad” (Ediciones Matanzas, 2005). El primer poemario publicado después de su muerte y su tercer libro impreso, trece años después – número mítico – de “El bibliotecario del infierno” (E.Matanzas, 1992) libro que junto a “La decisión de Ulises” (E. Matanzas, 1988) tuvo una extensa influencia en las nuevas generaciones de poetas matanceros, sobre todo en aquellos que de una u otra manera se vieron vinculados, estética o cronológicamente, a la generación de los noventa.
Es Alfredo Zaldivar – a mi juicio- quien de una manera más certera, y con mayor economía de recursos, logra establecer la significación de la poesía de Luis. En “Herencia de la soledad” – libro en el que además de editor, participó junto a Yanira Marimón en la selección de los textos – nos dice:
Luis Marimón ha devenido poeta de culto para casi todo el que se acerca a su obra. Sus cuadernos inéditos son copiados, reproducidos, recomendados, atesorados, robados… Las nuevas promociones de poetas de Matanzas – quizás los únicos que han tenido acceso a su obra- reconocen su marcada influencia…
En la contraportada de “Cronología del vértigo…”, reafirmando y completando sus ideas sobre el poeta, dice:
Luis Marimón fue como su poesía. A veces muy claro. A veces muy oscuro. Hay un Marimón clásico, caballeresco, como hay el Marimón desenfadado, desfacha­tado muchas veces. Hay el poema impecable y el desaliñado. El texto elitista, libresco, cultera­no, y el marginal, cotidiano, soez. Lo barroco y lo mínimal. El largo aliento y el fulgor breve. Lo trascendentalista y lo lúdico. Lo inmediato y lo atávico. Pero en ningún caso falta a su poesía esencia, espíritu, demonio, el rayo pecu­liar que distingue una estirpe: Li Po, Villon, Baudelaire, Bukowski, Kavafís, Rimbaud. Su poesía es eso, una Cronología del vértigo y del naufragio.
Los lectores de la isla tendrán ahora la oportunidad de acercarse a este poeta finisecular cubano, desentrañar desde la intimidad del lector de poesías, el cuerpo poético de Luis Marimón. Queda entonces en manos del tiempo determinar, si quienes lo hemos leído con sorpresa y admiración desde esta ciudad de nombre sangriento llamada Matanzas, estábamos o no equivocados.
Por: Abel G. Fagundo
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Pródromo
Prólogo de la antología poética  “Cronología del vértigo y del naufragio”
Luis Marimón"En los páramos donde alguna vez florecieron Babilonia, Nínive, Nippur", y esa ciudad de nombre sangriento llamada Matanzas, los arqueólogos han descubierto ciertos paquetes de papel cebolla, enterrados junto a la boca muda de un manantial. Son cuartillas mecanuscritas que, acaso más útiles para liar cigarrillos, tras la bocanada amarga de su lectura, al cabo han resultado ser los exorcismos rabiosos y las excelsas cartas de amor de un poeta llamado Luis Marimón.
Ocurre este hallazgo en la tierra de Cuba, una década quisquillosamente exacta después de la muerte del poeta, ocurrida no en la tierra de Cuba, sino en la tirria de Cuba que todo emigrante porta consigo, incluso de contrabando: bien como pegotes de patria bajo las uñas con que asirse a la vida, bien como una angustia sin patria sobre las palabras con que asilarse en la muerte
.
Luis Marimón: La Habana, 1951; Las Vegas, 1995. El ultimo verso de un poeta sólo queda escrito cuando se ciclan sus fechas: Las Vegas, 1951; La Habana, 1995 (y en ambos casos, su casa siempre en Matanzas). Ahora ya no hay diferencias para Luis Marimón. Ciclo cerrado, cerO cósmico. Su todo ya es sólo su texto. Y su texto recién ahora es desenterrado y parcialmente expuesto, letra a letra y de silencio en silencio, como los huesos de un fósil fatuo aún sin clasificar; restos desparramados, en el antro atemporal de esta antología mínima, para satisfacer la voracidad entre mordaz y morbosa de los lectores que lo sobrevivimos. Es decir: de nosotros, los sobremurientes de su poesía
Entre cuarteles y cuarterías, entre tramas y traumas, entre bibliotecas y burdeles, entre demonios y demolicio­nes, entre arpas y arpías, entre traiciones y tiburones, desde su jergón lunático y desde su lúgubre jerga, siempre trastabillando a ras de la locura con tal de trastabillar siempre a ras de la lucidez, cuerdo de remate, sin más coraje que todo el miedo del mundo, sin más herencia que la soledad de los otros, suicidándose a diario en el duro oficio de no suicidarse: entre tales coordenadas descordinadas regresa por fin ahora, una década después de su muerte, la cronología del vértigo y del naufragio de un poeta llamado Luis Marimón.
Virtualmente inédito, al margen de todo canon o concilio, ausente de honor de las antologías (f)iniseculares cubanas, y devenido mito y meta en la ciudad de Matanzas, una lonja de Luis Marimón se publica así en la tierra de Cuba, su primer y más auténtico exilio a pesar de él, que en vano dejó escrito "no permitiré el exilio ni la lejanía", cuando acaso todo le fue ocurriendo precisamente al revés: el exilio y la lejanía nunca nos lo permitieron a él. Por el momento se trata, irremediablemente, de una antología. Ocho libros y cincuenta poemas tendrán que ser suficientes desde su insuficiencia. Carencia de espacio, como de costumbre. Siempre ha sido así con las letras: "en el lenguaje hay sólo aquello que el dolor y el espacio no alcanzan". De manera que, para el dolor estético de Luis Marimón, ni siquiera hubiera sido bastante con disponer del doble o del dodécuplo del espacio actual. Como tampoco lo hubiera sido para nuestro dolor estático en tanto lectores desfasados: quijotesco quórum en que ya nunca sabremos distinguir del todo su vida de su poesía.
Bástenos, pues, con esta mirada al sesgo, casi al azar, al azoro de un poeta que comprendió "que ante los horrendos espacios estamos solos y que somos los más olvidados entre los animales". Alguien que miró a los espacios por haber "creído siempre en el abismo", y cuya escritura está hoy a punto de revelarnos cierta "primitiva forma de mirar a los espacios", lo que al propio Luis Marimón acaso otro poeta le reveló: "que no estoy perdido, que soy la perdición".
Si el lenguaje existe, será sólo por la imposibilidad inicial de toda comunicación. Si esta cronología poética existe, a su vez, será sólo por la imposibilidad final de una poética de Luis Marimón. "El único mensaje de mi poesía al hombre es éste: ¡Nunca mueras!", escribió. "¿Crees tú que Dios o la poesía podrán salvar ya el mundo?", escribió. "Cada poeta lleva dentro sus propias humillaciones", escribió. "Todo hombre que lleve en sus entrañas un verso no es un poeta sino un suicida", escribió. "Sólo del odio puede brotar la poesía", escribió. Y con tales puntales sería ridículo apuntalarle ahora una lírica, o adosarle ciertos referentes y adjetivos ad usum a ese poeta llamado Luis Marimón a secas, a estas alturas ya sin fachadas ni fechas. Al menos no lo disectaremos ahora; al menos no disertaremos aquí: esa sería nuestra peor deserción.
Taxonomías y color local aparte, los textos de esta cronología del vértigo y del naufragio resuman varias décadas de una biografía cubana literalmente a matarse. Taxidermias y dolor locuaz aparte, son textos que rezuman un tono brillantemente orate (esto es una propiedad del diamante) y un tinte radicalmente deslocalizado (esto es una cualidad de la cuántica): el oro de un coágulo luis amarillo, por ejemplo; o el maleficio verde marimón de una generación cascada, por ejemplo; o aun los impares azules parís de esta poesía escrita en trance de martes.
En cualquier variante, son textos que sobrecogen por la recia cercanía que cruje en los amargos rostros de unos niños de Pompeya y de Ur, o en los hechizados por un blanco búho de Siria, o en los soñados palacios en un atardecer de Calcuta, o en la irreal rosa de Jericó, o en el Tesoro de Príamo en una carátula del Times, o en los pellejos inmundos del Mar Muerto, o en la inmensa tumba que ha significado el Mar Caribe, o en una islita en la Jonia, o en los peces podridos del Yumurí yerto de La Marina, o, por supuesto, en esa fiesta o acaso fiasco innombrable que resulta haber nacido a la misma vez en Esmirna, en Fayum, en Calcuta, en Alejandría, en Gondwana, en Medina, en Jerusalén, en El Cairo, en Bloksberg, en Blokula, en Loudún, en Delfos, en Babilonia, en Nínive, en Nippur, y en aquella otra ciudad de nombre sangriento aún llamada Matanzas: "ninguna ha tenido un nombre más perverso", escribió en una rabiosa carta de amor.
En lo personal, en tanto poeta que provoca y prescinde de la poesía, haber tecleado estos poemas me ha resultado una experiencia conmovedora que ahora, supongo, llegará diferida muy sesgadamente al lector. Tendrá que ser así porque, sin el conocimiento inmediato de los espacios del poeta, y sin haber leído su mirada en los ojos de nueve años de otra poeta llamada Ian Marimón (eterna sobreviviente junto a la boca muda de aquel manantial del hallazgo arqueológico), desconfío de la plena traducibilidad de estos y de cualquier otro texto que en el mundo haya sido. Matanzas, 1951; La Habana, 1971; Las Vegas, 1995: para Ian y para mí, ya no hay diferencias ni siquiera queda algo por diferenciar. CerO cíclico, cerrazón cósmica: casi cómica de tan ominosa.
Por lo demás, si escribir es autodestruirse, entonces Luis Marimón escribió: única manera de autoconstruirse, incluso a retazos de nada y con jirones del caos. "Desde el origen de mi lengua, escribo". "Estoy escribiendo mi sermón de holocausto a los carneros". "A mí sólo me salvará del olvido lo que he escrito". "Por eso algunas veces escribo estos anales de mi agonía, porque sé que ellos me sobrevivirán, igual que mi odio y mi asco". "Ahora otra vez escribo en esas tablas raras que llegan a los arrecifes del naufragio con olor de sangre y aventuras". "Toda página manuscrita es una cárcel, todo papel es una tumba con brazos de hierba, abiertos". "Miren estos manuscritos: una escritura de perfecta y asombrosa tristeza". "En los sueños, total, está la historia, no esa de batallas y heroísmos, sino la de la infancia y la navaja, la cronología del naufragio y el vértigo". "No escribiré más: mi silencio será un alarido de dolor agazapado como perro rabioso en las gavetas", escribió en un excelso exorcismo.
Con tales puntales, tampoco podremos hacer mucho más ahora que pasarle de facto la palabra a un poeta a secas llamado Luis Marimón. Funja o acaso finja este pródromo, pues, tan sólo como su presagio peor. Let it read
Orlando Luis Pardo Lazo.
Lawton y Otoño 2004.
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Selección Poética de Luis Marimón

Desde mi jergón lunático
Desde el origen de mi lengua, escribo
y la ceguera es como si la noche
se me estuviera metiendo por los ojos.
La locura es lo único que ya
hace explicable la vida.
Por eso
en tu vientre renazco con los múltiples
espejos de oscuridad. Es una malarrabia
y el universo, cabe en el corazón.
Yo soy tú cuando te naces,
tú eres yo cuando me muero;
somos los dos la misma cosa y luego
prosigue la sucesión, cesa el olvido.
Dentro de mí casi siempre ando vacío...
En la selva de mágica espesura
veo tus ojos húmedos como ángeles dormidos
donde los unicornios de su neblina adentro
celebran sus raros ceremoniales.
Un cuarto y un ataúd son semejantes.
Lo único que los diferencia
son sus ventanas.
La ventana de un cuarto mira hacia afuera
y la de un ataúd, hacia sí mismo.
Es su totalidad lo que me aterra; aquello
que me hace cumplir con el
misterio de la niebla,
su leyenda
Todo es aparente, todo escapa
como aquella niña desnuda
de mi visión.
Vagamente he profanado las marismas,
por mis acuosas pupilas han rielado
la hondura bermeja de los ponientes,
la desmemoriada
ceniza de los heléchos.
Aquí me he dado cuenta de que siempre estoy solo.
Por eso grabo tu nombre en el moho petrificado
  de la luna.
Soy sólo el soñador que trenza la cabellera de Medusa,
que deshace su follaje fatídico;
impostor que comparte su presa
con los tumefactos chacales de la noche;
estático navegante que construye su casa
dentro un leviatán.
Yo amo en ti, ah, mi Circe,
por lo que me dificultas
y el mundo por lo que me agrede;
porque conviertes la aparente
cantidad de la respiración con que vivo,
como aquel que ya sólo existe por costumbre.
Invariable trato de ser,
exacto allí donde los páramos se amotinan
y muestran la estirpe de las piedras cifradas
y latentes.
Pero tengo dos corazones: Uno, para morir y el otro
para estar oscuro.
A ninguno de los dos los entiendo.
Veo el mundo como aquel que por heredad tiene la
  ceguera
que le muestra el exacto sentido
de esa extraña cosa que fluye dulcemente tras sus ojos
  tapiados
y le muestra los planetas
y las constelaciones.
Todo ello es causa de esta barba donde se despeñan
manadas de caballos que llegan incendiados,
los cabos de cigarro, las botellas de aguardiente, allá,
en el suelo.
A veces dejo de escribir;
escribir sobre algo es dejarlo, para siempre,
encerrado en el papel.
(Toda página manuscrita es una cárcel,
todo papel es una tumba con brazos de hierba,
abiertos.)
Desde mi jergón,
—como si fuera un barco en pairo—,
voy a la aventura.
Veo las olas, son
niños de espuma que no terminan
nunca de cesar de un todo.
Fantasmas: naturaleza muerta de los cuerpos vacíos.
En mí transcurren los siglos y refluyen
en las pacientes ruinas las soledades.
Y ya no hay alimento más poderoso que las astrales
abejas que entran por mi boca
y urden su panal de despiadado olvido en mi memoria.
Sales del río: verde, pura y te llevas
en el pelo su humedad antigua.
Eres la que en un dialecto sin palabras
erige la trama de tu cuerpo y mi sombra,
la apariencia de un azul brutal que siempre
a mí te aproxima.
Todo deforma la ficción que represento
y vivo.
Amo la flor del cacto: la única que nació
para olvidarse.
Fanático divago: el tiempo es mi casucha,
mi bandera es tu cuerpo y sigo siendo el sufridor,
intenso intérprete de lo aparente.
Voy a morir pensando
envejecer después de haberte querido,
fue una gran epopeya.
Veo, palpo como pasan las horas
y sé que nacer es llegar a un sitio
desconocido y oscuro de uno mismo.
Nutrificado y vacío, corrompo el verbo,
la canción me salva y nada me salva.
—Ya es imposible edificar, como una torre de Babel,
un vocablo sin antes deshacerlo,
quemarlo, maldecirlo—,
como un molino que despaciosamente
triturara las horas y las eras.
Creo, en el mundo, lo único definitivo
es simplemente aquello que es efímero.
En los naufragios del tiempo
llegan a sus costas esa vaciadas sombras
y entonces comenzamos a ponerles
esas máscaras que en su huida
dejaron abandonadas los actores.
Nacemos y ya somos
una vieja verja que se llevó el viento. Nacemos
y ya somos perseguidos.
Escucho las insomnes ramas
partirse como columnas vertebrales;
filosas hojas que muerden; cuchillos de obsidiana.
Todas las bestias del universo hoy andan hambrientas;
me intuyen, olfatean,
siguen mi rastro un poco más allá de mí
y muerden mi hígado Prometeico.
La luna también mutila
con su frío cántico,
mi corazón.
Todo me ataca. Estos parajes
descifran algo que yo siempre
quise decir:
Lo que está por venir se está pudriendo.
Lo que está vivo es polvo y es reliquia.
El ámbito que me encierra y por el cual camino
es el más fantástico laberinto de mi carne,
esa cosa amarga que titubea cerca de mis coágulos
y mis cartílagos: mi patria entera,
mi patria que eres tú desnuda
y todo tu abismo y silencio.
La hojarasca cae y me sajan en sus crepitaciones
las pupilas
para ofrecer a esos dioses que cada hombre,
como una incurable enfermedad, padece;
lo que está detrás de ellos, encerrado.
¿En qué lugar del cielo está esa estrella?
Desde mi jergón lunático me engendro
y paro.
Una habitación también es una pirámide
y voy a cerrar su única entrada
para que en mis manos comience a crecer la arboleda,
para que resuciten mis resplandores.
Muchas estrellas hay,
pero yo quiero aquella.
Veo la cabeza de M que ando rodando por el patio
y de su cuello irrumpen miríadas de peces.
¿Qué voy a hacer con tanta
carne de amor,
interrumpida;
si ya cualquier otro ser me asoma al mundo?
Todo es estéril; esta noche me asombra
y tengo hambre y a comer comienzo de mi propia
     lengua.
Todo es vacío; hasta ese gato que en el techo enloquece
y me trae la húmeda
cabeza de mi amor...
Un sueño,
otro,
el que siempre me hace decir:
El único mensaje de mi poesía al hombre es éste:
¡Nunca mueras!
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Autobiografía de un niño
                               a Robín Martínez
Perplejo ante la oquedad de esta noche que me aterra,
vencido por las crueles
distancias y juegos de los niños
recojo del arca los trajes que recorrí en la vida:
pirata, poeta, sepulturero;
las flechas que mojé en el
árido corazón de los pretendientes,
el tazón donde bebí la amarga
leche de las vacas del sol,
el collar de cascabeles cuando era bufón.
Me he mirado por última vez en el espejo
y nada he visto:
mi ceguera es verde y está llena de alacranes.
En la alforja irán también los mágicos grimorios,
algún que otro libro de maldiciones,
el caldero de brujo, la sotana de aquella vez
cuando quise tapiar como un canalla mi desesperanza
e irme volando, para siempre en un barco de bruma
cuyo mascarón de proa se arrancó los senos contra los
     acantilados.
El camino se hizo para escupirlo,
los templos para amarrar a mi madre loca,
las tabernas, para mostrar estos tatuajes de viviente
     sangre
y beber con las putas de ese corrompido vinagre
que falsifican los que están muy tristes.
Vi las sirenas ya ancianas que el tiempo despierta,
la vaguedad de las ruinas recostadas contra el mismo
     horizonte.
He muerto tantas veces que existir da lo mismo
y subo al pescante del primer carretón que pasa.
Extravagante es el crudo misterio que me habita:
cuchillo que lancé al cielo
y otro día regresó para matarme.
Es que cada hombre siempre precisa huir de sí,
escapar de ese saco de huesos que lleva por piel,
irse lejos, nutrirse de esa anémica hierba
que comen los chacales y la cabras.
Agrio, he buscado la vida degollando mariposas,
atrapando lunas moribundas en los manantiales...
(Por cada noche que transcurre hay una luna diferente.)
No hay, no tengo
solución: la vida es un vértigo sucio
donde más de una vez me he inclinado
ante esos espíritus que se comieron a mis hijos.
Luchar contra la muerte, el amor
y todas esas cosas de incierto vacío que llevamos...
Ven... esta tarde iremos al santuario en ruinas
donde nos perdimos entre el eco de la arboleda
y te coroné de espinas
y te convertí en la sibila amarga de este macho cabrío.
Pero esta es también otra historia:
la de un muchacho triste que era más gris
que esa balandra sucia que se llevó a su amigo.
Sólo el hombre puede ser diverso.
Los animales no pueden ser profundidad y cuchillo,
distancia y verso.
Ahora es tiempo de creer en el silencio,
de marchar con los gitanos que toda madrugada
     engendra.
Perplejo ante la oquedad mohosa recorro el tránsito
sin darme cuenta.
Y ahora, a la hora de decir que tengo miedo,
me armo de símbolos y silogismos
como aquel viejo que se armó con una espada opaca
y un caballo
que casi era un insulto.
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Miriam
En los páramos donde alguna vez florecieron Babilonia
        Nínive y Nippur,
los arqueólogos han desenterrado tablillas de barro
cocidas por el sol de aquel tiempo.
Inscripciones que los eruditos han traducido
resultando en muchos casos ser
juramentos
y cartas de amor...
Yo quería decirte, Miriam,
que el nombre de esta ciudad es sangriento,
que ninguna ha tenido un nombre más perverso.
Es posible, cuando hayan pasado cien
o hasta un número incontable de años,
de esto que hoy ves
no quede otra cosa que algunas estatuas,
escombros,
ratas que se adaptarán a la destrucción
y comerán arena.
Pero esta noche es bella y pasan muchas gentes.
Déjalos continuar su camino.
Esos rostros nunca se volverán
a este animal extraño que corre y llama por sus nombres
a los desconocidos.
Tú también partirás
y no veré ya más
tus ojos de asustada bestezuela.
Quien piensa en el futuro
no está muerto.
Cuando hayan transcurrido mil o un millón de años,
es posible que vuelvas
y es posible también
sólo encuentres esa niebla misteriosa y azul
que sube todas las madrugadas desde el mar
y cubre las casas y los toros.
Busca bien y no olvides
que tú fuiste mi río,
mi río amado
al que me lanzaba desnudo
sin importarme la vida
ni la muerte.
Busca
bajo los antiguos ladrillos,
en las hojas de hierba,
entre las escamas de los reptiles,
que en algún lugar yo habré dejado para ti,
para ti sola,
una carta
de amor...
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Papiro del consejo
A dos poetas di estos consejos:
A uno:
que tu poesía sea la flecha que perfora el corazón
del lobo en la montaña
delicada y sugerente como una mujer velada,
misteriosa como esas pirámides que le nacieron al
        mundo
sonora como la flauta del pastor,
breve y concisa
como la vida.
Y al otro
Que tu poesía venere a los antepasados,
a los dioses de tu pueblo,
a los reyes,
a los guerreros.
Poetas. en fin, no siguieron mis consejos:
El primero es el cantor oficial de la corte.
Al otro
lo mataron.