A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

martes, 6 de marzo de 2012

Breve postal de Matanzas

Los pescadores de sardinas
con el agua sangraza hasta los tobillos
de vez en cuando voltean la vista
hacia los grandes senos de la India Dormida.
La negra vieja recoge latas en la orilla
plásticos, desperdicios
cualquier desecho de la modernidad
que pueda canjear por refrescos o conservas. 
El buque con bandera griega.
Poseidón y Yemayá
amantes bajo la superficie del agua
ella furiosa, abierta a la fuerza por la violencia
de las maquinarias..
Una muchacha gorda corre antes
que el sol la alcance
todo el que la observa entiende su derrota
pero la niña bailarina
que en su memoria danza, persiste
la obliga con saña.
Los militares con sus verdes
los médicos, los estudiantes…
puntos aleatorios que con sus uniformes
contrastan la diversidad.
El viaducto, puente al filo del mar
a ratos hundido, casi, entre la arena vengativa
que limita la Playa del Tenis
breve simulacro de una orilla
en la que la ciudad se moja la planta de los pies.
Las aguas salinas
y los habitantes de una urbe
condenada al fondo.
Los cocoteros rodean la curvatura del asfalto
trazo marino que el dibujante alarga
hasta la confluencia del San Juan.
El olor a peces muertos
el gris de la Vigía que avanza contra el río.
Hacia dentro la urbanidad
al borde de sus puentes
almas mojadas a la espera
de alguna travesía.
El ferrocarril extiende sus hierros
sobre el azul verdoso de las corrientes
aceros que soportan, apenas
la imposición de un agua sobre la otra
la cadencia invisible y abrasiva del salitre.
Pedazos de la industria
metales oxidados que desde los rincones
sugieren un destino.
La parada de los pinitos
casuarinas que se deslizan
tras la belleza de otro nombre.
Los rostros que esperan
respiran el mismo aire
pero todos están esencialmente solos
cada uno con sus dudas y respuestas
sometidos a un horario
pasajeros en camino.
Santa Rita entre Levante y Descanso.
Desde el balcón estrecho de la Ley
un hombre joven asido en su toga negra
contempla la bahía matinal.
Su mirada se aquieta en las formas
de la parroquia de San Pedro
piensa en el cura, en ese otro oficio de juez
ambos compiten por hacer el trabajo de Dios…
Una muchacha con sombrillas y Jeans apretados
distorsiona las líneas de su visión.
Luego se pierde, lejos, sobre el humo del progreso
allá, donde ya no pueden distinguirse los azules.

Abel G. Fagundo
1973. Poeta