En el bosque francés de la Calle Medio, Poemario de Abel G. Fagundo

Este es conjunto de apreciable arquitectura íntima que nos devela elementos de la realidad interior de la isla que usualmente no son del interés de muchos creadores, a la misma vez que, muestra des un profundo pesimismo – características de la más reciente poesía cubana – como se van derrumbando las plazoletas grises, las cafeterías de mala muerte, los edificios descoloridos y muertos que se ven desde un extremo a otro del caimán.
En el texto “Mi Música”dice: nada fluye, existo en esta discontinuidad (…) Y es que la pesadumbre y la pobreza va acompañadas por el ritmo de Moisés Simons, Arsenio Rodríguez o Matamoros, reforzando lo cubano que vibra bajo cada palabra escrita con naturalidad y honestidad sin que lo atormente la necesidad de elaborar “altas imágenes”.
También “En el bosque francés de la Calle Medio” hay una mirada nada complaciente sobre varios planos culturales de la nación, en los que la memoria familiar se funde con el autoexamen filosófico y moral de un sujeto que es capaz de ironizar finamente y negarse: Mi verdad es un anacronismo / en medio de la fiesta.   
El poeta también asume con vital energía su identidad y nos dice Soy un provinciano / y aunque los muros del país / se levantan cerca de mi casa / La Habana es un sitio a lo lejos / una imagen confusa…
 
Ahora La Habana está más cerca al bosque que ha sembrado Abel González Fagundo en la poesía cubana.
 

Por: Leymen Pérez

Selección de poemas del Libro "En el bosque francés de la Calle Medio"  de Abel G. Fagundo

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En el bosque francés de la Calle Medio
 
 
Mi querido Duprey, quizás yo sienta un poco de temor
pero no alcanzo  para orinarle el rostro a los soldados.
Tú eras de un falo más clásico, más francés
no es lo mismo
orinar contra monumentos en el primer mundo
tu pene se curva y florece sin el temor de parecer endeble
No hay monumentos ígneos en Matanzas Jean Pierre
la gente aprende bien temprano en esta tierra
que es peligroso el fuego
incluso hasta la insinuación del fuego.
 
Claro que podemos caminar
cogidos de la mano sin cogernos 
dos hombres con los dedos cruzados
en algo aparentan el cuero del tambor
al chivo en la memoria de los cuchillos.
Caminemos, ir por la calle marcando a los suicidas
sin decirles nada, déjalos en la arrogancia, vivos…
Aquí la muerte es real
colorea, anuncia
y nosotros como en París
le ponemos también de cascabel la historia.
 
Es feliz esta gente
aunque no los comprendas tú
come sin ceremonias… cuando come
bebe bajo los árboles
hace el amor sin prisa ni pudor
se divierte y canta.
Mira esta calle, o mejor, cierra los ojos, escucha
dánzala con tus huesos lentos.
Es el ritmo de la supervivencia
la civilización y su orquesta mestiza.
En esto Duprey, la ciudad se parece a tu ciudad
somos aquí refugiados de la suerte.
 
Quizás, Jean Pierre, tu idioma florecido
consiga recostarse en la bahía matancera, navegarla, hundirse.
No temas al dolor
es el mar que en todas partes quiere vivir sus puertos
la sal que todo lo corrompe
secándonos el corazón día tras día.



Pollo criado en casa
 
 
Ser real es esto..
           F. Pessoa
 
Fui real en el patio de esa casa antigua, pintada de azul
con sus viejos alegres
que hacían del ejercicio de la vida un juego fácil.
Nunca me pareció entonces que vivir fuera esta farsa.
Allá en Cuevitas, en el campo del mundo
abuelo Rine se reía tranquilo
disfrutaba de todo con una desproporción
que hoy me parece delirante
sin miedos, sin rubor
como si de verdad fuera posible ser feliz.
 
Mis labios no heredaron la risa…
Sigo en el campo
invadido por el guión del aburrimiento y del alcohol
sin entender a mis abuelos
sin descifrar la sencillez de la alegría
estrecho, como un pozo en el que no entra la luz
el hueco de aguas oscuras
que insisten en ahogar mi infancia.
 
No laboro en la raíz
ni cultivo habichuelas que se alarguen
hasta el plato de arroz en mis empobrecidas tardes.
Sólo me quedan las palabras, signos y fonemas
que empapan con su lluvia el interior de la casa
versos que no pueden cultivarse en esta tierra
de cítrico y tomates, de azúcar y pimientos.
 
Poemas que padecen mi infertilidad
la aridez del hombre al que debí estar destinado
el que desfiguró abuela Peruca
con aquellas lecturas sobre Isadora Duncan
una mujer que cae atada en la rueda de lo imposible
un niño sorprendido que cierra los ojos mientras dice:
-Yo quiero ser la bufanda terrible que va a enredarse en el futuro -
y me enredé
de tal manera la hierba creció alrededor
sobre mí, dentro de mí
que el ejercicio de mi vida consiste en esperar
como la tierra, la semilla de todos los otros.


 La isla de Virgilio
 
Ningún hombre es una isla,
algo completo en sí mismo;
John Donne 
 
 
Como a Virgilio
me prometieron una isla
un pedazo de arrecife liviano
golpeado por las aguas
una franja de tierra
con espacio para la silla y el jardín.
Pero soy esto, la mala roca que busca
erupcionar en las entrañas del poema
parir su libertad, sin nombres
como un islote escondido entre las olas.
 
Desde el farallón del árbol viejo
siento el verano quemándome las fibras.
El sudor me atraviesa
fluye hacia los baches del pavimento
como pequeños riachuelos
que contaminan la ciudad con mis quejas.
Mantengo un ritmo errático
sin rumba, ni son, ni espinela dolorosa…
Mi verdad es un anacronismo
en medio de la fiesta.
 
Estuve en la comparsa torrencial
en el entusiasmo de la multitud.
He comido las frutas legendarias
el sabor recio y vanidoso de la carne
la corrupción de sus delicias.
 
Aún así, persisto en la fresa utópica
del que ha nacido entre los sinsontes
rara avis que puede imitar al tocororo o al gorrión
y sin embargo oculta, como yo, el canto propio.
del que ha nacido
rodeado por los bailes sensuales
de esta gente desinhibida y tierna
lejos del té, de la puntualidad o el tarro de malta
entre los cocodrilos y el canto impávido del tomeguín.
 
Como a Virgilio
me negarán la isla.


Nación salobre
 
 
A Schubert no lo imagino en este mar mestizo
con sus sonatas para piano hundiéndose en la arena.
Pienso en Arsenio Rodríguez
en su bastón y sus manos grandes
dirigiendo las olas de agosto
y ese ritmo negro que sale de los parques
que llega con su baile hasta las playas
mezclándose con la nación salobre…
 
Sol. Mar. Música. Sal.
 
Las corrientes nos traen su resaca
naufragios del mundo
deseos de zarpar con un pedazo de país en el equipaje
con la música de Matamoros como sonido de fondo.
 
Ron. Cerdo. Arroz. Yuca. Café.
                               
Comer y beber todo lo posible
bailar, que el cuerpo busque el movimiento
en el latido de las carnes…
Un sarcasmo, la risa inteligente
la burla como tabla de supervivencia
dispuestos a remar en una u otra dirección
siempre que el agua nos permita el regreso.
 
Una espinela, una criolla, una mentira.
La madre, la patria, las promesas.
Intentar. Carecer. Partir.
Los parques, los puentes, los puertos.
El calor, el deseo, el miedo.
Dios. Diablo. Disidente.
Río. Risa. Resistencia.
Folklore. Farándula. Fidelidad.
Son. Sangre. Sudor. Sexo.
Homo Cubensis.
 
Ni fiesta, ni tragedia…
ISLA SALOBRE
                                 ISLA
ISLA FINITA.
 



Mi música
 
 
¿Qué es mi música?
 
Acaso esta sonoridad que agrede la armonía
el acorde mezquino, el ruido de los barrios
que me arrastra desordenado
lamentable.
 
Siento temor de sonar a solas
en esta bruma de orquestador errático
disonante, incierto
hombre sin batuta que teme
por sus manos.
 
Que te castiguen, es lo justo poeta
pero no que castiguen a tu estruendo
a la rotura de las cuerdas
que se burlaron de tus intenciones.
 
Escucho como el bárbaro
que trata de entender la música sin entender a Dios.
Nada fluye, existo en esta discontinuidad
que más allá de ser metafísica sonora
es disipación, vagancia
miedo.
 
Soy la criatura en ciernes…      
No hay otra música en mí 
que la de mis arterias y podredumbres
una guitarra enflaquecida que adivinó su muerte
cuando mi vocación inútil
la arrebató de las manos del concertista.
 
¿Qué es mi música?
¿Es este llanto de bestia herida
                    abandonada sobre la soledad del mundo?


Abel G. Fagundo 
1973. Jagüey Grande. Matanzas. Poeta
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