A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

martes, 6 de diciembre de 2011

De la inutilidad y la simulación

De la inutilidad y la simulación
                                             
El hombre simula ser un pájaro, no quiere                                           
reconocer  el préstamo de sus alas.
                                               José Manuel Espino
 
 
Susurras como el insecto
con el hastío de las sombras
una simulación del vuelo, otra mentira más
que quiere mezclarse con el aire.
Crees que los pájaros lucen
iguales en la distancia
pero se te olvidan los ojos de Dios.
 
Como el insecto entre las sombras eres
casi invisible, frío
tan insignificante como una mariposa fea.
La brisa te castiga
porque tampoco puedes
engañar a sus corrientes
ni al polen excitado de la flor…
 
Tu sueño de ser ave
la prisa de tu cuerpo
y el fin del aleteo
en estas rocas de ciudad
sin mares,
sin árboles
sin un poco de tierra sana
donde podrirse útilmente.
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Iluso
 
 
Este es un tiempo de espejos…
Aún si existiera la verdad,
tus ojos no la podrían distinguir
entre la luz que juega
en este y el otro cristal.
y otro, el otro, y el otro...
 
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Cuando salí del poema
 
(…) las oscuras patas sonoras
quebrándose sobre el pavimento..
                       Damaris  Calderón
 
A Ángel Escobar
 
 
Se tiró desde lo alto 
aseguran que voló por un instante
y aunque sus tripas
estaban sobre el pavimento
aún movía las manos.
 
era un ángel feliz
mostraba las entrañas.
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Los pájaros partieron
 
 
No nos queda tiempo
los pájaros partieron
y no podré alcanzarlos
antes yo que la muerte.
 
No nos queda tiempo,
y esos pájaros quieren
olvidar con el vuelo su destino
como si no entendieran
que van hacia ellos mismos
que en cada uno de sus cuerpos
dejamos aferrada la distancia.
 
Los pájaros partieron
no tuvimos noción de tal huida
ni siquiera la red necesaria
con la que atar al viento.

Los pájaros partieron
no nos queda tiempo,
no podremos detener la migración
la huida.  
 
                                                       1999
 
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Certeza de Caer
 
No vuelve el tiempo que se cae sin ruidos
en el trasiego tenue de la memoria
Alfredo Zaldivar
 
Aunque el niño se extravió dentro de mí
queda su reacción patética.
Ahora soy dos historias
que se reflejan en el espejo
de la madures, dos imágenes
que pugnan para verse
recogidas por el cristal.
Ningún andamio entre las dos
abismo, certeza de caer.
Ningún detalle que obligue
al hombre de este lado
a sonreír como antes
cuando los muertos
eran seres ajenos
familiares
      amigos
         padres de otros.
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Hambre de poblado interior
 
 
He tenido hambre
tiempos de no soportar
esos ruidos de animal vacío.
 
No fue el hambre de las noches haitianas
la patria perra de Franketienne
ni al hambre de los encarcelados Serbios.
Es esta hambre mía
tan provinciana y deleznable
esta hambre de poblado interior.
 
A veces me basta
con la mezcla de café nacional
o algún tesito negro
y traidor que Yolanda Brito
me prepara en su tetera.
 
He tenido carencias
el estómago débil
la lengua ebria, humedecida
por la ferocidad de los versos
por el hambre del ser y la palabra.
 
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Estos poemas pertenecen al libro “El terco persistir” publicado por Ediciones Aldabón en Matanzas. Cuba (Noviembre de 2008)
 
Abel G. Fagundo.
(Jagüey Grande. Matanzas. Cuba. 1973) Poeta

lunes, 5 de diciembre de 2011

De un tiempo que se pierde en mi memoria.



* Texto enviado por Damaris Calderón para ser leído en el espacio “Como Ángel Cierto” de Ediciones Matanzas. Esta tertulia fue dedicada a Abel González Fagundo, el 17 de diciembre de 2010, en la “casa de las letras”, antigua morada de la poeta cubana Digdora Alonso.
 

Si, como dice Eliseo Diego, uno no nace en un sitio por azar, sino para dar testimonio, más de algo habrá, áspero, agridulce, como las naranjas de su suelo, que testimoniar de Jagüey Grande, ese pequeño pueblo, al sur, donde las tablas de las maderas de sus casa, de sus empalizadas, no han podido impedir que irrumpa la poesía, saltando las ventanas, los cerrojos.

De un tiempo que se pierde en mi memoria, como los trillos del pueblo, son  mis imágenes de Abel, de “ Abelito”, con sus primeros poemas, llegando a un taller literario, que, como un candil, iluminaba Yolanda Brito. Ahí vi crecer sus versos y luego sus libros, publicados con ese aroma de la provincia. “ El costal de los pecados”, 

“Extinción”, traían sus versos parcos, sudados,  martillados, diría, entre el trasiego de lo poético con lo real, en sus negaciones, en sus negociaciones, en sus desacatos. En su poesía han hallado espacio el labrador, las semillas y también lo que se engendra y se extingue con una anónima heroicidad, abriéndose paso en ellos la ruralidad, el mar, el navegante, el hombre y su animalidad.  Así, recuerdo un poema como El Mulo, donde este animal de cruza, devenido alado en Lezama, por su caminata sobre el desfiladero en el abismo, retorna, en Abel, con el desfiladero cotidiano y la esterilidad: El

El señor del pelo blanco
saca sus plátanos de la jaba negra,
se mezcla el juego natural de los colores.
 
Yo jamás he trabajado
con la dignidad que espera ese señor de un hombre,
mis poemas no paren frutos
que puedan comerse con la felicidad del sembrador.
 
Mis poemas son como mulos,
asisten al desequilibrio de la vida;
pero no alcanzan a reproducirla por si mismos.
 
El señor del pelo blanco
va a morirse en paz,
yo moriré con el dolor rabioso
de las almas inútiles. 
(El mulo)



Y sin embargo, por sobre la “inutilidad”, la marcha en el abismo, la obstinación, la escritura. Recuerdo uno de los últimos encuentros con Abel, (estaba dejando vicios) y me dijo que , sin el alcohol, la vida se veía menos alegre, más gris, difícil de soportar. Y recordé las palabras de Eliot, “un hombre no soporta mucha realidad” y la refutación a lo “real” y su transmutación rebelde: la poesía.

Creo que hay espacios más propicios o amables, para que las cosas y los hombres florezcan, y otros, cuya dureza hace que lo que nazca en ellos, aún contra ellos, sobreviva. Creo que desde esa autenticidad, desde esa supervivencia, esa rebeldía,  se expresa la poesía de Abelito.

En la poesía entonces, y desde este otro sur, quiero mandarle un abrazo a Abel, con mi cariño y complicidad, de los que crecimos con ( y a pesar) del sabor de los cítricos.

Damaris Calderón
Santiago de Chile
Septiembre - 2010



jueves, 10 de noviembre de 2011

Los Ciclos, El Poeta, en torno al libro Extinción de Abel G. Fagundo

En un poeta, se sabe, caben y sobran muchos. El poeta sigue siéndolo cuado comienza a ser otro, y como se ha de esperar, sigue siendo el mismo. Lo uno y lo otro hacen que el poeta viva, pero no siempre suceden ambas cosas. Otro asunto quizás el más difícil, será desterrar a los petas que sobran, porque con otros habremos de cargar toda una vida, una vida poética, que es mucho más difícil que una vida
Abel G. Fagundo va cumpliendo su ciclo de vida poética con toda la coherencia a que puede aspirar un poeta a quien la retraída dama parece insustancial y por supuesto ajena.Extinción, el libro del título que hoy presento con una sonora agudeza y toda su fuerza semántica, es otro Golpes de Dios, tan vallejiano como aquel y sin embargo bien alejado de esa aura. Antes d e abrirlo, de leerlo, hubiera preferido Extinciones. Sólo después he comprendido la acción, el drástico presente, la premura con se expande, la percusión de estos poemas que exigen la inmediatez, la palabra hablada, el efecto, la reacción.
En las lindes de lo surreal Jacques Prevert puede comerse al padre, decapitar al hermano y embutirle sopa con un embudo. Abel en la antítesis, sólo almuerza la ensalada del labrador difunto, como quien come su cadáver. Bien lejos de lo onírico, su realismo mordaz más que sucio. Lo lleva a redescubrirnos el hedor del mar, el puro hastío de las paredes blancas, las rocas ciegas, el bache del camino, el plomo de las frutas, el vacio vacio, los gorgojos, la sarna, el comején, el comercio sutil y despiadado.
Abel transfiere al hombre los poderes divinos de la abstinencia. Lo hace como quien se sabe un pequeño Dios, conoce que este mundo que habita más en el ciberespacio que en el suspiro real, no encuentra aún asideros posibles. Las orillas están llenas de escombros y el caos lo puede todo. Raras veces el humor o la ironía afloran en estos textos. Lo existencia, lo metafísico, son piedras en un discurso de lo drástico, lo incisivo, lo tórrido. No le atrae ningún tema, todos vienen a buscar su trozo de inequidad en el papel en blanco, que cada vez resulta menos blanco.
No anuncio una nueva tendencia, la poesía de Abel que bien lejos de lo tendencioso. No intento conceptuar una poética que no pretende conceptuar. Abel G. Fagundo sigue siendo un poeta esencial y las esencias son sagradas no el sentido de lo sacro, son vírgenes no el sentido de lo virginal, sólo en el sentido de lo poético. Tampoco vaticino el regreso de un poeta maldito; pero no me atrevo a negar su existencia. Anuncio sí, un libro tan lírico como épico, de un realismo depredador.
Los ciclos del poeta y los ciclos del agua parecen ser homónimos. Abel González Fagundo quizás no lo sepa, quizás no halla reparado en ello, pero su poesía cumple ese curso, el viaje que vuelve renovándose y el de la transparencia.
EXTINCIÓN aparecido bajo el sello de Ediciones Matanzas, en su Colección Abra, se inscribe en lo más prominente de la poesía cubana actual.

 
Por: Alfredo Zaldivar
Holguín. Cuba, 1956. Poeta y Editor. ha incursionado en la narrativa, el ensayo y la critica literaria. Miembro de la Uneac. reside en Matanzas desde 1973, ciudad donde fundo en 1985 la editorial Vigía, de gran prestigio dentro y fuera de la isla.

* La imagen es una foto de Abel G. Fagundo que corresponde a la serie desechos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Digdora Alonso, desde el átomo hasta una poesía de la ciencia

La posibilidad del Apocalipsis abandona los dominios de Dios, el  Armagedón puede ocurrir lo mismo en una isla del Caribe que en el centro de una metrópoli europea; el ser humano controla – por primera vez – las fuerzas que pueden aniquilar la creación - o el mágico accidente de la vida - si estuviéramos pensando como evolucionistas.
 
Little Boy e Fat Mat, el niño pequeño y el hombre gordo, otra vez dos, dos bombas, la prueba y su reiteración, uranio y plutonio, Hiroshima, Nagasaki, sangre… cobro de almas.

En este escenario, entre la era atómica y la era digital, en tiempos beligerantes, nace “Bajo el Hongo”; libro de poemas de Digdora Alonso publicado primero en Ediciones Vigía, 1986 y reeditado más tarde por Ediciones Matanzas en el 2001, en otro siglo, para que pudiéramos acceder – definitivamente – a ese libro raro y oportuno del que hablaba Dulce María Loynaz en carta dirigida a la autora. Raro y oportuno, mucho hemos insistido en el primero de los términos, por lo que tiene de cautivador; pero olvidamos a veces el segundo y más importante, “Bajo el Hongo” es un texto oportuno, un tragaluz que se abre para que podamos acercarnos a una visión del mundo permeada por el Siglo XX, por su caudal científico y su incivilidad, o lo que es aún más sobresaliente, el nacimiento de una nueva civilidad.

En el prologo de la edición del 2001, María Esther Ortiz nos dice “(…) es que elijo acercarme a la esencia de una poética sin epígonos; que confunde, dispersa y finalmente, define, si la ceptamos sin luchar con convenciones poéticas anteriores, con otros referentes, una poética que ercibimos cuando no comparamos estas contradicciones y espejismos..”  Más adelante utiliza de manera textual cuatro versos del cuaderno que son esenciales para la comprensión del territorio poético que ha elegido la autora:

En este siglo tan lleno de música
Si queremos repartir el pan
a partes iguales
tenemos que dividirlo a tiros.

La sociedad del ser humano científico, la instrumentalidad de la ciencia, sus consecuencias y su papel en la conformación de una nueva axiología. El ser queda atrapado en el torbellino de una revolución científica que lo sobrepasa.

La autora no desea ser sólo un testigo pasivo, toma partido a través de la poesía, se coloca en el centro, cuestiona, dicta, duda, aplaza… Crea un espacio para que la realidad poética confluya con las otras realidades. Le interesan lo mismo un astrónomo que desde el telescopio de Monte Palomar descubre una nova, como la mujer que mira al cielo preguntándose

si allí también existe la tristeza pobre de los condenados; los fotógrafos que se agolpan de la misma manera sobre el pecho herido del héroe que ha sido condenado a muerte, que sobre los senos del último símbolo sexual.

Ella se resiste a las fronteras de la nación, no habla sólo de nosotros sino del mundo, la isla se ensancha para adquirir las dimensiones de lo universal. Nos propone una poética de todos, al menos quiere – sabe - que su siglo ya se ha expandido lo suficiente como para contenerlo en los muros reducidos de la ciudades – guetos.

Regresan en su poesía algunas ideas estéticas de la primera mitad del XX, ideas que se reiteraron a lo largo de toda la centuria y que indagaban sobre la relación arte –máquina, la maquinaria como sujeto del arte; la subordinación del arte al desarrollo científico técnico, entre otros. En Digdora esta inquietud estética es matizada por su humanismo: (nos dice)

Como utilizar una pieza buena
de una maquinaria inservible
para hacer funcionar otra.
Quien pone el corazón
es el dueño
hubiera dicho un romántico
        cursi.

Microscopios, aviones, rayos gamma, planeta Marte, ultrasonido, infrarrojo, laboratorio,célula, radio toxemia, ecuación… son algunos de los términos científicos que Digdora utiliza en el cuaderno, palabras muy poco utilizadas en el universo de la poesía, pero que aquí se establecen, dialogan desde un discurso diferente. El verso invade el terreno de la ciencia y busca desde allí una traducción de la existencia.  Antonio Gamoneda,  Premio Cervantes de 2006, nos dice al respecto de esta confluencia:

Se tiene la sensación de que la poesía y la ciencia son dos realidades que pudieran estar en cierta situación de antitesis. No es necesariamente cierto (…) el conocimiento científico tiende a la objetivación. Sin embargo la poesía es irremediablemente subjetiva. Pero se da la circunstancia de que la objetivación del poeta puede, quizás, interiorizar la ciencia y, entonces, es cuando se convierte en materia poética…

En “Bajo el Hongo” esas dos unidades se conectan y dan origen a un libro de poemas muy singular. La autora utiliza también los opuestos filosóficos, las comparaciones, la idea de la curvatura de las líneas y el infinito-finito como un símbolo de distorsión, de soberbia, la insistencia en la música -como categoría- para guiarnos a través de la lectura. En el epigrama final, Digdora nos dice:

En este siglo
donde hasta el infinito es finito
y todas las líneas se curvan…

El enigma de la esfinge se va despendiendo aquí de dos de sus elementos esenciales (¿de donde venimos? y ¿quiénes somos?)  queda al final sólo la pregunta: ¿hacia donde vamos? Digdora ensaya una respuesta, no es concluyente, no la impone, a penas es su respuesta:

Entre caballos de metal
águilas de metal
peces de metal
nuestra carne sin caminos.


Por: Abel G. Fagundo
J.Grande. Matanzas. 1973. Poeta
Publicado originalmente en: http://mardesnudo.atenas.cult.cu