A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

miércoles, 24 de mayo de 2017

Siempre Poeta



El cantautor Mario Duque ha tenido la deferencia de publicar esta nota sobre mí en su Blog personal. Mario, cuya grandeza solo es igual a su bondad, exagera sobre mi poesía, lo hace desde el cariño; pero como ya paso de los cuarenta y siento un respeto profundo por la obra de Duque, no puede evitar que sus palabras me mocionaran; como a un niño que recibe el abrazo cómplice de un compatriota apreciado. Sus canciones deber ser escuchadas, promocionadas para que pueda comprenderse la dimensión de su talento.

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Siempre Poeta

Por: Mario Duque
Tomado del Blog del Trovador: http://marioduque.cubava.cu/


Abel Gonzáles Fagundo es uno de mis grandes amigos que respeto y admiro por su talento como poeta. Ha dedicado muchas de sus letras a Jagüey Grande, y en otras siempre encontramos huellas inevitables de sus raíces en esta tierra.

Tuvimos la oportunidad de hacer juntos varios recitales donde mezclamos sus poesías con mis canciones. Con ellas estuvimos en dos ferias del libro de nuestro pueblo; y en otra ocasión en una feria del libro en la ciudad de Cárdenas. Posteriormente hicimos un recital en la “Casa de la Poesía” en la Habana, hasta que los azares de la vida nos separaron. Abel reside actualmente en Matanzas y desde allí sigue escribiendo aún a su tierra natal.

Hay un viejo proverbio que dice: “Nadie es profeta en su tierra”. Pienso que Abel es uno de esos grandes visionarios que se adapta perfectamente a la frase antes dicha. Lo que sucede es que casi siempre los que tienen el poder no son los que ven más allá. Aunque este exquisito escritor sigue siendo nuestro ya no lo tenemos cerca, como antes, con su palabra certera aportando a nuestra cultura jagüeyense, que tanto lo necesita en estos momentos. Hay una vieja costumbre de las mayorías a excluir a los hombres renovadores, a los que revolucionan, a los que crean; ¿será acaso que nos cuesta mucho trabajo hacer cambios, y por ello, hacemos resistencia; o porque como dijo nuestro Apóstol José Martí…cual un monstruo de crímenes cargado, todo aquel que lleva luz se queda solo…?

Mario Duque y Abel G. Fagundo




jueves, 18 de mayo de 2017

Ha muerto Guillermo Rodríguez Rivera




Por: Abel G. Fagundo

Ha muerto Guillermo Rodríguez Rivera y la isla letrada pierde a uno de los escritores e intelectuales más polémicos e interesantes de toda una generación. Nuestra ápoca le quedó debiendo el Premio Nacional de Literatura, los motivos son escurridizos y pasan por la trama de lo extra literario, las pequeñas mezquindades de los vivos. 


En los últimos tiempos lo seguí a través de Segunda Cita, el blog de Silvio Rodríguez. No siempre estuve de acuerdo con sus ideas; pero nunca las subestime. Guillermo era un polemista hábil, un intelectual que defendía sus puntos de vista sin la intención de complacer al estrado de turno. Extrañaré sus artículos.


Muchos de “nosotros los cubanos…”, lo de aquí y los que tomaron “los caminos del mar”; los que intentamos valorar su obra sin las poderosas ataduras que ejerce la contemporaneidad, el coincidir en tiempo y espacio con el autor y su creación, ya le teníamos en nuestras lecturas, referencias y homenajes internos.


Termina el hombre, la obra finalizada suelta sus amarras.     

martes, 7 de marzo de 2017

La trascendencia del abismo

La poesía sigue allí, aferrada a los bordes del abismo mientras todo lo demás le pisotea las manos. Caerá al fondo moribunda, en los últimos días de la especie; cuando las maquinas la recojan para rehacer sus partes con la sorpresa de un estremecimiento. 

El primer verso binario y otra vez el abismo, equilibrista entre la sensibilidad y el poder. Por los bordes de la existencia, siempre, mientras el tiempo exista y alguien o algo se afanen en comprenderlo, traducirlo, desvirtuarlo. 

Por: Abel G. Fagundo

viernes, 3 de marzo de 2017

Otro tres de marzo y la república de Platón

Día del poeta.. 

Felicidades, menos mal que solo rigen algunos estatutos simbólicos de la república de Platón, allí nos hubieran dado de comer y luego seriamos expulsados por peligrosos; en el mundo de hoy...¿?.. bueno me confundí..

Abrazos a los amigos de tantos años. 

A los mas cercanos y a esos otros que aparecen como breves destellos y refuerzan nuestra desconfianza. 

La poesía no es un misterio; pero dejémosla así, para que provocar a una bestia tan peligrosa.

MI abrazo a todos los poetas. 

(Abelito o Abel G. Fagundo, depende de Platón)



lunes, 13 de febrero de 2017

Un premio que le debemos a la literatura nacional

Por: Abel G. Fagundo

Al principio fue una sensación amarga, como la que se siente ante las cosas injustas, ahora ya es molestia franca. Imaginé durante algunos años que se me escapaban la mayoría de las variables que estaban en juego, que veía solo algunos árboles y no todo el bosque; pero las justificaciones se van oxidando, algunas envejecen ridículamente… 



No se puede justificar -al menos yo no puedo- que Guillermo no tenga el Premio Nacional de Literatura. No desmerito a ninguno de los que bien lo han ganado; pero ya pasa de ser una prolongación ¿Un castigo quizás? para convertirse en un error de dimensiones histórico-literarias. 

Si al final, no se lo dan, la literatura tiene la última palabra. Los contemporáneos pasaremos, luego saldrán a flote las pequeñas mezquindades, los demonios que habitan en toda generación, el mal aura de quienes ostentan determinados poderes, tensas influencias. 

Recuerdo a Manzano cuando hace ya un tiempo me reiteraba “No hay democracias estéticas” y no, no las hay y quizás tampoco existan ninguna de las otras. Mi voto no cuenta, carece de la fuerza necesaria, soy tan solo un mirón que se asoma a la ventana letrada;  pero el murmullo inicial de unos pocos ya se ha hecho debate, pregunta a voces: ¿Por qué a Guillermo Rodríguez Rivera no le han dado el premio Nacional de Literatura?, ¿Por qué a Lina de Feria…?. 

Matanzas, Febrero 2017

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martes, 7 de febrero de 2017

Mis últimos agostos del siglo XX

Por: Abel G. Fagundo
En los finales del siglo XX –ese intenso período de revoluciones y caídas al abismo– un grupo de jóvenes de la provincia nos reunimos en Colón, liderados por José Manuel Espino, quién  cada cierto tiempo tiene la virtud de renovarse y dejar entrever la chispa del muchacho tras sus ojos. Aquellos encuentros de jóvenes creadores fueron como una barcaza en medio de la tormenta. Las condiciones económicas lijaban la esperanza –circunstancias más que conocidas sobre las que se han hecho múltiples lecturas– Colón se convirtió entonces en una especie de refugio cíclico,  intenso;  breve invitación para reunirnos por dos días, leer poemas, escucharnos y sobre todo compartir, interactuar.
Grupo de Poetas de la Última Cena. Javier Mederos, Mae Roque, Abel G. Fagundo, Gaudencio Rodríguez, José Manuel Espino

Esos momentos entre la galería municipal, la casa de visita de cultura y el hotel Santiago Habana fueron otro punto de partida, quizás el espigón de izaje. Yo había descubierto la poesía entre las flores –casi fantasmales– de dos ceibas muy próximas, su sombra. El libro de poemas Cálida Forma de Aramis Quintero y los discos de abuela Peruca conspiraron para inocular en el guajiro de Cuevitas la fascinación por la palabra. Luego -ya en Jagüey Grande- a través de los versos de Damaris Calderón, Marielena Hernández y Yolanda Brito, de sus enseñanzas en los talleres, las lecturas de Laura Ruiz, Zaldívar, Marimón… Más tarde –y junto aquellas personas– el encuentro con los clásicos, el rose lento.  Eran las primeras variaciones, los aprendizajes, el juego del muchacho.   
La apertura de los eventos de Colón –ahora solo puedo imaginar lo complejo que debió ser para Jesús Yanes (director de cultura de ese territorio) y para Espino, organizar todo aquello. Fue mi primera oportunidad de contagio real con personas de mi generación, neófitos que con los más diversos matices se hacían preguntas similares, comenzaban a definir su vocación. Algunos tenían concepciones ideo-estéticas más adelantadas; Gaudencio Rodríguez, a quien con inmadurez y ligera desaprobación llamábamos “el arquitecto”, fundamentados en el error de que la poesía es solo un asunto de musas, “bomba y aliento flamígero”; el propio José Manuel, sensibilidades que ya ascendían un trecho en la comprensión de innegables significados. Otros no entendíamos aún el oficio, el riguroso trabajo del labrador de palabras; creíamos en la “iluminación”, en la sorpresa y con un entusiasmo que solo es posible cuando se desconoce, nos autodenominábamos escritores en toda la territorialidad  de la palabra; pero era una arrogancia dulce, una pedantería dócil y los que más sabían nos dejaban ser, conscientes de que no era el momento para las bofetadas, quizás algún regaño suave y promisorio.
Entre la barra del Hotel y los bancos del parque, tuve mis primeras conversaciones –descargas, avalancha de ideas entre tragos de ron y poemas recién escritos– con Gaudencio, Israel Domínguez, Mabel Cuesta, Nayris Fernández, Yovanny Ferrer, Javier Mederos… instantes de asombro. Se extendieron los continuos redescubrimientos que por esa época experimentaba junto a Mae Roque, coterránea, amiga, entonces confidente. Ebrios y eufóricos nos leíamos poemas, cantábamos desafinados…, me divertía y a veces también desentonaba. En un determinado momento, Espino confesó que apenado por algunos excesos, le había propuesto a Yanes la finalización de los eventos. La respuesta de Jesús fue sorpresiva y alentadora, algo así como: “déjalos, están aprendiendo, ahora tienen la edad para las exuberancias”.
En el año 2002, la naciente editorial de la Asociación Hermanos Sainz en Matanzas, Ediciones Aldabón, publicó la antología poética, La última cena. Antología de la poesía joven matancera (1990-2000).  La selección como es obvio, estuvo a cargo de José Manuel Espino. La presentamos en la sede de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), una noche invernal en la que estuvieron presentes Lina de Feria, Alfredo Zaldívar, Laura Ruiz Montes y otros escritores con los que hemos mantenido cercanías. Creo que fue Mabel R. Cuesta o alguien cercano a ella, quién consiguió llevar una cámara fotográfica digital (artefacto por entonces exótico) y gracias a ello pudimos recoger algunas imágenes del momento. Resguardos de un exorcismo, quizás la única evidencia fotográfica de que aquellos tiempos no fueron parte de una alucinación colectiva, sino sucesos reales acaecidos en circunstancias problemáticas.
Unos años después, por casualidad, al estar de paso, justo en el lugar y momento indicados, participé de un ciclo de entrevistas que hiciera en Matanzas Jesús David Curbelo, para su programa televisión A trasluz. En una parte de la entrevista le comenté, refiriéndome a la generación de los noventa, de la que formábamos parte quienes participamos de aquellas reuniones colombinas:
Ahora se habla un poco más de nosotros, son veinte años y a la historia literaria es necesario reevaluarla cada cierto tiempo. Algunos nos han acusado formalmente de epígonos, otros tienen una visión diferente. Creo que son inconcebibles los noventa sin los ochenta y que ambas generaciones forman parte del principio y el fin de un proceso histórico-literario concreto.  Yo me vinculé a un grupo de jóvenes poetas matanceros que después se reunieron en la antología “La última cena”; teníamos entonces una intención de participar de aquel momento literario. La mayoría éramos muy novatos y no creo que hayamos podido estructurar un amplio debate con nuestros contemporáneos, pero si fuimos parte del proceso y aportamos en cierta medida algunas voces que han demostrado después toda su dimensión.
Las experiencias colectivas son percibidas de manera muy diferente por cada uno de los miembros de un grupo. Además, la memoria –lo sabemos– es tramposa y selectiva. Mis recuerdos de aquellos años pasan por subjetividades propias de mi personalidad y de mi modo de traducir el mundo (entendiéndolo aquí desde la óptica de Gasset,  cuando dice que el mundo es todo aquello que le ocupa y nada más). Quienes nos reunimos en Colón –tal y como éramos–quedaron allí, con sus edades, luces, carencias y aspiraciones, atrapados en un pasado inmutable. Hoy somos otros, con nuestras respectivas evoluciones o deformaciones y cada uno tendrá su relato personal. En mi caso, me unen a ese Colón resortes emocionales e intelectuales. Varios de mis cumpleaños –fecha importante para un joven– transcurrieron allí. Fundé amistades, viví lealtades y deslealtades; configuré mis primeras ideas objetivas sobre la vastedad de la literatura y sobre todo, me convencí de que en la poesía, ese universo construido por el lenguaje, gravitará mi fragmento estético, pedazo de asteroide, no muy cerca del sol, entre los muchos anillos del idioma que circundan la periferia tibia.


Hotel Santiago-Habana

A Jesús Yanes, a José M. Espino
y los otros amigos de Colón..

Me quedaré allí, en secreto
como un fantasma joven y confuso
que salta por la ventilla del baño
para beberse el ron de los dormidos
mientras toda el agua de la ciudad nos inunda
y alguien desarma un cuaderno de poemas
para hacer barcos de papel.
Reconfortan los amigos.
El recuerdo de una edad romántica.
Ahora estamos más gordos
somos más solemnes
menos libres
pero sobrevive una línea, fina
un deseo que deja entreabierta las dos manos
para la posibilidad del abrazo cómplice.
Me quedaré allí, en las escaleras
en el piano bar donde nunca escuché música
buscando a una mujer oculta
que me negó más de tres veces.
Da miedo envejecer, vernos envejecer
que llegue el día en que seamos
el poema de un libro perdido
recuerdo de una generación traslúcida…
La provincia en época de ciclones.
* Publicado en la Revista Matanzas. Año XVI. Mayo-agosto 2016, ISNN 0864-0882, con el título “Colón y mis últimos agostos del Siglo XX” Abel G. Fagundo

lunes, 28 de noviembre de 2016

El muchacho de Birán que cambió la historia



Por: Abel G. Fagundo

Comparto el dolor espiritual por la partida física de Fidel Castro, el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, su principal líder y estratega.  Fidel fue un hombre extraordinario –muy distante a la media de los mortales–admiré y admiro su inteligencia, su nacionalismo martiano, su valentía (esa que como dijo Napoleón no se puede ocultar), su conciencia de lo cubano  en el sentido de amplitud histórica; su voluntad y el deseo constante de superación. Supo –quizás desde muy joven- que preguntar es una manera directa para el aprendizaje empírico, luego superponía, intercalaba, fusionaba los datos de sus diferentes métodos para acercarse a una aproximación de la verdad. Llegó a convertirse en un anciano sabio, quizás la última memoria viva de una multiplicidad de acontecimientos trascendentales del siglo XX.

Hoy sus amigos y enemigos, sus aliados políticos y sus detractores continuarán el debate antagónico de quienes defienden modelos diferentes, no podría ser de otro modo. No hay liderazgos perfectos y mucho menos revoluciones sin sombras. Sus enemigos fueron los más poderosos del mundo, la línea temporal de su resistencia fue prolongada. Pocos hubieran logrado sobrevivir a semejante oposición de halcones y serpientes y aun así, conservar una parte considerable de su capital político intacto. Podríamos utilizar ahora la tan manida y efectiva frase “la historia se encargará de poner las cosas en su sitio” pero sabemos que la historia que se escribe es casi siempre la de los poderosos, por lo que desde el Sur hay que escribir el doble, el triple, para que nuestras versiones también acompañen a las otras versiones que se distribuyan desde el centro.

En estas últimas horas he sentido vergüenza por algunos, incluso por ciertas personas que sabía contrarias, pero no mezquinas. Rechazo la manera en la que ciertos individuos han festejado con irrespeto la muerte de Fidel, algo que me parece vergonzoso. Con toda naturalidad pueden los opuestos alegrarse por el fin de su rival –sentir alivio tal vez– pero ante adversarios de la talla de Fidel Castro, primero la reverencia, luego el vaso de vino. No soy ingenuo, sé de la temperatura de las pasiones y de lo quebradiza que es la tolerancia. Aun así mi fe en la razón sobrevive cuando leo las declaraciones de otros enemigos que han sabido comprender la diferencia entre la muerte física de un rival y el ejercicio retórico de la batalla, cuando esta no se libra con cañonazos, sino con ideas.  

Los comentarios al respecto del nuevo presidente de los Estados Unidos Donald Trump no hacen más que confirmar los temores más pesimistas. ¿Cómo es posible que en un país de una tradición política tan extensa, semejante personaje ocupe el cargo de Jefe de Estado? Es una pregunta que comienza a responderse – solo el comienzo- si se asume como cierta  la evidente y lamentable crisis sistémica de una gran nación… Y en el resto del mundo a sufrir las consecuencias.

Sus observaciones superficiales y desinformados sobre el fallecimiento de Fidel (aún breves y ceñidas al apretón de los 140 caracteres) pueden interpretarse –por ahora de dos maneras: 1) Prepara el terreno para desmantelar los progresos alcanzados en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Algo que de ser cierto, lamentaré por los buenos cubanos todos, los de allá y los de acá. 2) El señor es de verdad un ignorante irresponsable que dará muchos dolores de cabeza a los políticos serios con sus patologías narcisistas. 

Sus primeras declaraciones contrastan con las del Presidente saliente Barak Obama, quién demuestra que las rivalidades ideológicas no son un justificante para la grosería personal, ni política. Y de paso se observa, sin muchos esfuerzos, las diferencias intelectuales y morales entre ambos. 

Hace unos años (no recuerdo el contexto) Eusebio Leal -historiador de la Ciudad de la Habana- le dijo a Fidel en un intercambio verbal “Usted nos ha condenado a tener por siempre un presidente ilustre”… muy alto, muy lejos elevó Eusebio esas  palabras con su habitual y bello español grandilocuente.  

La vida biológica de Fidel Castro ha concluido, formo parte de quienes se duelen con la pérdida. Su trayectoria histórica, su legado, sus trasmutaciones en la extensión de la memoria universal, apenas comienzan.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El Pergamino 33333



Pergamino “La taza de té” de Laura Ruiz Montes. Ediciones El Fortín. Diseño y confección de Rolando Estévez.




Por: Abel G. Fagundo 

En la tarde de ayer en una ceremonia sencilla y emotiva, Rolando Estévez celebró junto a un grupo de amigos los tres años de vida de la editorial El Fortín; sello que dirige desde 2013.  A las tres y tres minutos de la tarde (333) en los altos del edificio de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA) y visiblemente emocionado, el prolífero creador cortó con sus palabras la cinta invisible que sus musas custodiaban, para dejar abierta una exposición con los libros-arte realizados en este nuevo ciclo creacional. 


Justo antes de invitarnos a observar (a maravillarnos con la singularidad alcanzada por la conjunción entre las palabras, el diseño artístico y los más diversos materiales) Estévez regaló a los presentes el pergamino “La taza de té” dedicado a los primeros 50 años de Laura Ruiz Montes, quien el próximo 3 de diciembre celebrará de manera simbólica el asalto a una madurez que le ha pertenecido desde el malecón de los ochenta, cuando un grupo de palabras formaron su primera criatura escritural para quedar por siempre escritas.


El poema de Laura “La taza de té” nació –según las palabras de Rolando- hace unos cuantos años, durante las ventiscas o huracanes de finales del siglo XX. Luego de desatar la cuerda de fina hilada que lo resguardaba a salvo para que cada lector pudiera contribuir al parto del verso en cursiva, ya expuesto ante la ávida mirada. Bebí con calma la bolsita de té que desde el borde superior y cosida al papel nos invita a concluir el rito. Durante unos minutos intenté recorrer en mi memoria, en mis ideas, la humanidad de ambos; los fragmentos de Rolando y Laura que me son conocidos. Distinguí la extensión de su trabajo, el labrado constante de la existencia (Roca de vida) que unido al talento que poseen, los diferencia.  Asumir el arte como un modo de vida con la comprensión de que lo único seguro es hacer, que se combate contra las sillas de los demás y contra las de uno mismo. Ellos despejan todos los días el sendero, construyen rutas nuevas... 


No creo en las cábalas – al menos no lo reconozco públicamente – pero como hijo de esta tierra mestiza en la que las creencias se esconden en la sangre y emergen de cuando a cuando, me asombra, me sobresalta con algo de suspicacia pensar en la idea de tantos tres en juego.    


Rolando Estevéz en su Estudio El Fortín