A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

martes, 25 de octubre de 2016

Diálogos con Hugo (4)






Abel:

Te escribo desde el silencio de mi cuarto. En ocasiones evoco el verso y trato de acercarme al fin de la palabra, como si yo fuera un sustantivo o un verbo que no sabe dónde colocarse. No soy más que ese ser estúpido que intentó ser poeta, pero eso es mi morral, mi carga, es la palabra melancolía cuando la tarde cae como un fardo pesado, mientras en la noche observo el plenilunio, donde la noche escapa, previendo el gris en la bahía, tratando de dominar el acero del mar, todo ha acontecido, la vida se esconde entre estas cuatro paredes, ahora no soy el escriba, la angustia de los pasos firmes que conducen a la nada. No sé dónde estaré, no sé dónde se esconde la palabra jamás, soy aquel que no fue y ni siquiera es, el pálido rostro del otoño de los árboles que me miran indiferentes. Donde estará la vida, esa  que se revuelve ,esa que avanza, esa inquietud que solo vemos en los cañaverales cuando el viento sopla, esas aguas que vienen del sur, esas apuestas que no cumplimos, yo lleno de heredad y silencio, me pronuncio, no sé si he hecho un verso, un verso podría salvarme de la angustia, como la mirada de las muchachas que me cruzan, sin embargo los albañiles suben los andamios, los tendidos eléctricos se desvanecen, pero soy orgulloso y avanzo, cual si no pasara nada, mi rostro en el espejo no me dice usted es el poeta, la palidez de la palabra jueves no me conmueve, solo aquella música que sale de los portales, solo esos esos hilos que me atenazan, como dijera un poeta, la jarra del héroe está vacía, los cordones en los que estoy atado no me conmueven. Trataré de usurpar la alegría, pero la alegría es aquel gato que salta y yo sin proponérmelo avanzo en la ciudad, miro entre las paredes y confirmo que el tiempo no existe, que nunca ha existido, qué solos son inventos para hacernos soportables, qué escuchamos en la marisma el desborde de la navaja y al final como un escolar regreso a casa, y no encuentro la palabra nunca.
                                                         
HUGO HODELIN SANTANA
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