Paisajes en el borde de la realidad

En la contraportada del libro de cuentos “Paisajes en el Borde” pueden leerse estas notas del editor:
 
"Las historias que reúne este libro nos muestran un paisaje nada contemplativo, nada estático: Los cuentos de Isnalbys Crespo pulsan temas comunes, cotidianos, pero de una dinámica surreal, impresionista, teatral, los límites, los difíciles lindes que separan o unen el amor, el odio o la amistad, el sueño y a la realidad, mueven a estos personajes, siempre al borde de sus instintos, en ambientes alucinados, fabulosos, que limitan lo dramático, los grave de sus experiencias."
Paisajes al borde llega a la narrativa escrita por matanceros en un momento de crisis, dispersión quizás, en el que no puede clarificarse - como en el caso de la poesía- la existencia de una “grupalidad”, de un movimiento que abarque diferentes variantes estéticas y generacionales. Hay algunos autores importantes, destellos individuales que han alcanzado ubicar su obra en diferentes niveles; pero no es perceptible, al menos no lo ha sido hasta ahora, la continuidad de la narrativa escrita en Matanzas.
En este libro de Isnalbys, que con buen tino publicó la Editorial Aldabón de la AHS -la más joven de las editoriales matanceras-, se reúnen una muestra de cuatro cuentos de la escritora, relatos que en comunión estructuran una historia única en la que sobresalen la utilización del ritmo, la ausencia de contextos fácilmente definibles. A la autora no le interesa ubicarnos en un espacio o en un tiempo precisos, la urbanidad, los paisajes reales no son aquí importantes, sólo hay referencias distantes a la cantina, a las oscuras calles, al norte…. El drama sicológico de sus personajes y las circunstancias que fuerzan determinadas actitudes limites es lo que la narradora quiere mostrarnos.
El cuento “En el borde”, a mi juicio el mejor de los cuatro, es un relato breve y apasionante. Su personaje, una niña entre los siete y los diez años que nos narra en primer plano con un tono ingenuo pero dramático, que nos conduce por el drama racial del rechazo, hija al cuidado de una relación interracial en la que el blanco y el negro van más allá del contexto de las razas y transitan por una multiplicidad de símbolos. El agua, los colores, el ahogo, la necesidad de una libertad que no pueden vivir ni los peces que la niña alimenta en la pecera, ni ella, entre las paredes inexactas y la violencia de una madre desequilibrada. Isnalbys nos envuelve en una atmósfera creíble en la que las oraciones cortas condicionan la respiración del lector. Exhibe un dominio del relato y una economía de recursos lingüísticos que nos estimulan.
Una de las citas con las que la autora decide iniciar su libro, acercarse en una suerte de referencia y destino común, es aquella de Clarice Lispector que dice:
Escribir es una maldición (…)
pero una maldición que salva.
Me arriesgo y agrego, apropiándome de la voz del lector, “bendita maldición que nos permite leer un libro como “Paisajes en el Borde”, bendita maldición.
Por: Abel G. Fagundo
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En el borde
Mi madre me dijo ayer que pronto me iría a vivir a otro lugar con mis peces. Movía la cabeza de un lado a otro, mientras revolvía el arroz y me gritaba: Quítate delante de mí, muchacha, tan parecida a su padre. ¿Será un defecto ser hija de Andrés? Es cierto, tengo la nariz aplastada, pececitos, pero no se preocupen, puedo respirar. Ella dice que cuando nací ni una careta de buzo me hacía nada. Los médicos me habrán confundido con los peces. Por eso los quiero tanto. Papá los compró hace meses. Desde entonces yo les hablo y les pregunto si ellos entienden a mi mamá. Les llevo pedacitos de pan, pero no se los comen, sólo lo hacen cuando me voy, cansada de verlos pasar lentamente por las esquinas de la pecera, sin responder ni una palabra.
A veces mi mamá se empeña en peinarme y yo no quiero porque nadie me va a celebrar, entonces se desespera y tira el peine al suelo: No sé quién me habrá mandado a aceptar a tu padre, ahora tengo que peinar tus greñas. Ya me cansé, sabes. Echo el peine en la pecera, pero a ellos tampoco les interesa peinarse. Andrés me trajo caramelos no los he comido. Iba a contarle lo de mamá, pero no me atreví. Hace rato están encerrados en el cuarto y ninguno de los dos sale.
—No la soporto más, te la llevas, Andrés.
—¿Qué te está pasando, Miriam, te volviste loca?
—Tú nunca pierdes, pero esta vez sí.
—Cállate, anda, ella puede escucharnos. Cierra la puerta.
—No me importa, estoy cansada de sus tonterías. Ahora conversa con los peces llena la pecera de cuanta porquería encuentra.
Les eché el paquete de caramelos a los peces. Se pusieron muy contentos; en cambio, mi madre mueve los pies como el sillón si le regalo el romerillo que crece en el patio. Los peces ya son mis amigos y ahora siempre me agradecen y se despiden de mí con unas burbujitas de lo más resplandecientes; así las llama Andrés cuando me ve frente a la pecera. En ocasiones me voy con él al parquecito. Mi madre le pelea porque, según ella, estoy demasiado gorda y grande para montar en un columpio. Me hace un moño horrible y me pone el vestido más despintado del cesto de ropas sucias. Papá no se da cuenta. La veo reír sin sacar los dientes. No sé por qué se porta así. Una vez dibujé un castillo y rompió la hoja: Deja de pintar y aprende a coser, se lo diré a tu padre en cuanto llegue. No lo hizo. Papá entró y me cargó. Ella después me abrazaba como si quisiera desaparecerme.
Me ha obligado a conocer dos colores; el negro y el blanco: Tú Andrés son negros, yo soy blanca. Lo repite tantas veces que corro a mirar a los peces. Ellos tienen colores extraños y entonces me tranquilizo y les pido que no se vayan. Es mejor vivir en el agua, aunque saqué al más chiquito y se murió. Lo tapé con mi almohada y mi madre lo descubrió. Dormí en el patio. Andrés no lo supo, trabajó esa noche. Por suerte miré para arriba y el cielo estaba negro y no tuve miedo, él estaba conmigo. Papá se puso muy serio cuando ella le dijo que tenía que hablarle sobre mí.
—Cuento los días para dejar de verla. Me enferman sus estupideces.
—Estás alterada, ¿adónde fuiste que estás así?
—Al hospital, voy a atenderme con el médico.
—Qué te dijeron?
—¿Para qué deseas saberlo, tu niña es más importante?
—Déjala tranquila, chica, ella no se mete contigo.
Ella me detesta, estoy segura. Le encanta molestarme y después cuenta la historia a su manera. Miriam dice que soy boba, aunque aprendo muy rápido. Se aprovecha porque nunca puedo explicarle bien a Andrés. Se me traba la lengua. Formo tremendo alboroto y es imposible hacerme entender; entonces lloro de rabia ella es la vencedora. A veces sueño con ella dentro de la pecera, contándoles lo mucho que nos quiere.
Miriam se acuesta con Andrés de una forma muy cómica. Se creen que duermo, pero no puedo. Siento los ruidos pegaditos a mí. Se quitan las ropas y las tiran al suelo. Se hacen cosquillas y ruedan de un lado a otro. Papá Parece caerse de la Cama , pero logra agarrarse a las sábanas y al mismo tiempo las estruja cantidad. Si yo lo hago, ella me regaña. En ocasiones escucho a Miriam quejarse. Permanece escondida, debajo de él. No le agrada que la interrumpan: Esta chiquilla es más atrevida. Tira la puerta con rabia, mientras Andrés intenta controlarla. No la comprendí del todo, pero traté de enseñárselo a mi muñeco, pero no supo mover los dedos debajo de mis muslos, ni tampoco controlar mi llanto cuando ellos me sorprendieron con él, agachada sobre la cama, como los vi la noche anterior.
Los peces no se quitan la ropa, ni dan saltitos, ellos se pegan un rato y se separan sin tan siquiera sudar. Andrés me trajo un nuevo pececito, es negro. Seguro a Miriam no le gusta y le está pidiendo a papá que me lo quite, para verme llorar.
—Ya estoy convencida, me oíste, voy a comenzar el tratamiento contigo o sin ti.
—Los médicos nunca saben la verdad, además, no estás segura de que yo deba ser el padre.
—Tengo un poco de miedo, si sale igual a ella, sería lo último.
—Y vuelves con lo mismo. Si me soportas a mí, a ella tienes que soportarla igual, ¿entendiste? No la compares con nadie.
Andrés ha puesto los nombres de los peces en el borde de la pecera. Al último lo llamamos negrito. A ese le doy más comida, es un glotón. Cuando Andrés salga del cuarto, le pediré irnos a casa de la abuela. A Miriam no le importará mi decisión. No soporto seguir escuchando sus discusiones. Deben estar peleando por mí otra vez. Si ella me perdonara, le daría mi pececito predilecto. Mi abuela nunca ha venido a esta casa. Cuando nos vemos en la calle, regaña a mamá: Ella no tiene la culpa de nada, no sé cuando mi hijo te dejará.Abuela se molesta cantidad. Me da deseos de darle un beso, pero no lo hago.
Mamá sólo intenta acariciarme cuando me obliga a ir a la bodega a comprarle los cigarros, que fuma uno tras otro. Él seguro se negará a marcharse. Según él, mamá necesita atención médica, y él la quiere, a pesar de su odio hacia mí. Los médicos me asustan con esas batas blancas como mamá, y la jeringuilla enorme con la que le sacan sangre le ponen un algodón, blanco como ella también. Esos días me trata peor y permanece callada, conversa sólo cuando llega Andrés. Voy a entrar al cuarto sin hacer ruido, aunque ella se incomode. Les tengo una sorpresa.
—Mañana será el último chequeo médico.
—No sigas con lo mismo, ese es tú problema.
—Entonces tú te irás con ella.
—Tampoco debe interesarte, es mi hija, no.
En la libreta de dibujos sólo pinto pececitos negros y blancos. La escondo debajo de la cama para que ella no la rompa. Los peces se han visto. He pintado a mamá y a papá también. Los he dibujado como mis amiguitos, pero no les he echado agua porque los demás pececitos se irían con sus burbujas. Deben ser enormes y mamá acabaría con todos, incluyendo a Andrés. Voy a sorprenderlos, ya le he contado al negrito lo que haré. Le pude ver los ojos, nunca los abre para verme, sin embargo hoy si lo ha hecho. Le brillaban como a Andrés cuando no me deja subir encima de la silla para quitar las telarañas. La última vez caí al suelo y me di en la cabeza. Papá corrió enseguida, pero ella ni se dio cuenta. El me quitó la horqueta y ella lo miró con los ojos atravesados. Les haré un regalo y así olvidarán mis boberías, como las llama Miriam.
—¿Ves por qué te la tienes que llevar?
— Niña, puedes cortarte.
— Lo que me faltaba, con la pecera en las manos.
—Estate tranquila Miriam, dame la pecera, despacito.
—Mira cómo está esa pecera, llena de caramelos, y así quieres que me calme.
—No fastidies, Miriam, la niña está nerviosa, contrólate.
—Ahora sí se va, Andrés, o me dejo de llamar Miriam.
Mamá comenzó a gritar y no pude entregarle mi pecera. Se me cayó y los peces comenzaron a nadar sin agua. Quise cogerlos, pero ella los pisaba sin ninguna compasión, mientras papá le pedía que no lo hiciera. Parecía sorda. Oía sus insultos con temor: No la quiero, llévasela a su abuela, ya me cansé de tu boba. Andrés la miraba asustado y me abrazaba. Yo veía al pececito negro luchando para no caer debajo de los pies de Miriam que se lanzó sobre mi papá y casi sin voz no se cansaba de repetir: Es tuya, Andrés, tuya. Nunca has querido aceptarlo, no soporto seguir viviendo con peces, me alteran. Los médicos te han dicho mi verdadera situación, pero te has callado, has preferido tenerme ilusionada por diez años con tu hija y no sé que pasa en mi vientre.
El negrito seguía arrastrándose. Lo tomé en mis manos, saltó varias veces y dejó de respirar. Lo besé y lo guardé en el bolsillo. Andrés salió del cuarto sin mirar hacia atrás. Ella le pedía que me llevara, pero no lo hizo. Hace rato estoy en la calle con el negrito dentro de un pomo, buscando el lugar de donde jamás debí haber salido.
Isnalbys Crespo
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