A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

domingo, 1 de enero de 2012

El Costal de los Pecados (Selección)




Libro de poemas de Abel G. Fagundo.
Ediciones Matanzas 2006
Prologo
Bárbaro Velazco. Editor


“Cuando el dolor es la musa,
se canta mejor donde el sufrimiento es más vivo”.
José Martí

Que la poesía es un misterio cuya esencia resulta inescrutable es una verdad de Perogrullo, por tanto todo intento por esclarecerla y develar sus imbricaciones será siempre una aproximación. Y como tal veo estos apuntes que me solicitara el autor del libro.
El apotegma martiano que encabeza estas anotaciones me acompañó en las varias lecturas de El costal de los pecados, porque su cuerpo verbal devela el ansia de saciar un hambre, el hambre de confesión que provoca la acumulación de culpas. Deshacerse de ellas es lo que condujo a su creación. Y en ese arrepentimiento sincero, que sólo es obra del caer y levantarse tantas veces, de la purificación a la que se llega, luego de tantos abatimientos, del afán del alma atormentada en busca de la robustez, por la reconquista de su condición humana, luego del extravío, de la terrible soledad y de la muerte aparente, el dolor, uno y múltiple, resulta indiscutible protagonista. 
Con tal propósito, el poeta recurre a recomponer en poemas dos refranes: en una primera parte “árbol que nace torcido jamás su tronco endereza”; pero en otra, busca hacer “leña del árbol caído”. No es que glose o establezca pautas determinantes, simplemente, de algún modo se identifica con los árboles. 
Lirismo denso, extraño, de vibración trágica que, aunque parezca paradoja, aterra, deslumbra y apacigua a un mismo tiempo, encontrará el lector en este poemario escrito entre 1994 y 1998, porque en los textos que lo integran, Abel G. Fagundo, con intencionalidad verbal encarnada, nos recrea la crudeza de la realidad agobiante, imposta su palabra en la pluralidad de los motivos más diversos: mutaciones, memorias lacerantes, transfiguraciones, enigmas, espectros... 
El poeta –él y todos– vive, se contradice, miente, duda... se desconcierta y asombra, arrastra sus culpas y sinsabores, sus penas y debilidades, su angustia toda, y en la indagación luego de tantas caídas en los abismos del ser, el autoanálisis para desenmascarar las penurias existenciales, y en esta indagación del ser, en la hermenéutica del discurso, los símbolos (árbol, ave, isla, ciudad, luz, vida, muerte, fuego...) asumen la ordenación del caos, y urge el arrepentimiento (“El arrepentimiento es un modo de entrar en la virtud” sentenciaba el Apóstol) porque el hombre necesita del presente, vivir ahora, a plenitud. 
Se utilizan, además, como referencias en todo el poemario varios de los elementos simbólicos de la herencia cristiana: 
• El siete es utilizado en su relación con la totalidad, en el valor simbólico de que da a este número el pensamiento judeo-cristiano: 7 citas bíblicas, 7 veces la palabra Dios igual número de veces la palabra Amor. 
• Hay 40 poemas, y este número alude a la simbología bíblica pues Noé, Moisés, los espías, David, Elías y la ciudad de Nínive fueron transformados en ese lapso; Jesús recibió poder luego de permanecer 40 días en el desierto y sus discípulos se transfiguran, cambian, al compartir con él 40 días después de su resurrección.
Sin embargo, no es El costal de los pecados un libro procristiano y mucho menos doctrinal, aunque estas alegorías no son recursos apriorísticos, sino que se emplea el elemento cultural y simbólico de nuestra cultura judeo-cristiana para un ejercicio de creación en el que se devela la historia de un pecador que busca redimirse en la palabra. 
Tampoco se nos ofrece una visión apocalíptica de la existencia. “La poesía es emanación”, afirmó Martí, y en el efluvio, el desgarramiento de las entrañas del poeta, éste se despoja de toda iniquidad, de toda torcedura, de toda sobrecarga en esa suma de confluencias que arrostramos por altibajos y claroscuros, por caminos insospechados. Se impone la ansiosa búsqueda del bienestar espiritual, del equilibrio emocional porque la transformación no es esperanza postergada, el arrepentimiento no significa dejación y sí magnificación del ser. Al fin la niebla es vencida por la luz, los años no quebraron el tronco, lo enderezaron, o mejor, lo salvaron: 
Algo que en mí se llama soledad
insiste,
reconstruye.
Selección de poemas del libro

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Al borde 
Vivir al borde del abismo,
sin dinero, sin papeles de honor,
sin manecillas lentas,
vivir aquí y ahora
sin escrutinios filosóficos ni sombras de servicio.
Vivir, sólo ese acto de lavarse los ojos con el agua de Dios,
de mirar la mañana húmeda que nace
y preguntarse que milagro ocurrió
para que siga latiendo mi corazón,
aquí, sobre una isla que ha estado
siempre ha punto de estallar,
en el centro de un mundo
que para nosotros es una extraña metáfora.,
una lejana libertad del eco que no vuelve.
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Las hormigas coloradas
(..). y el estrépito devastador
de las enormes hormigas coloradas
Gabriel G. Márquez
Aquí está la masa,
se mueve en su rebaño doloroso
sobre las carreteras y ciudades.
Soy otra cabeza entre miles de cabezas,
escribo falsos pergaminos,
entre mis piernas escondo la cola de cerdo.
Yo también padezco la ceguera de Melquíades,
el infortunio del encierro.
Y no tendré que esperar todo un siglo,
las hormigas coloradas
ya se comieron a mi generación.
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