A ti, hombre antiguo, lector sobreviviente. No encontrarás respuestas entre las líneas efímeras del poeta, los nexos entre su palabra y la realidad
han sido tergiversados por la historia... ¿Qué otro destino puede esperarse para una criatura que construye su reino en las arenas movedizas de la poesía?

lunes, 9 de enero de 2012

Pensando qué pasará si… O en cambio qué pasará si no…

La publicación de Los frutos ácidos (2008) de Laura Ruiz Montes, significó el reencuentro de su poesía con Ediciones Matanzas, la misma editorial que veinte años antes (1988) publicara su primer libro de poemas: Queda escrito. Sobre ello conversó Alfredo Zaldivar durante las presentaciones realizadas en la ciudad de los puentes, en los días de la Feria Internacional del Libro 2009. También sobre la significación de Laura, su lugar entre las voces más representativas de la poesía cubana de las últimas décadas, y en especial, de la poesía escrita por mujeres dentro y fuera de la isla.
 
En Los frutos ácidos, Laura vuelve a mostrarnos una alta precisión formal, un depurado sentido del lenguaje, el equilibro entre lo anecdótico y la imagen, la construcción de una organicidad que sobrepasa al texto individual… elementos todos que han caracterizado el cuerpo poético de la autora, y que se hacen más visibles a partir de sus últimos libros de poemas ( El camino sobre las aguas, Ediciones Unión 2004 y A qué país volver, Letras Cubanas, 2007)

Los textos reunidos bajo este título, son la manifestación evidente de un poeta maduro; y pienso al escribirlo en uno de los sentidos literales con que utilizamos esta palabra: Que está en sazón

El libro ha sido organizado en dos bloques ( Los frutos ácidos y Segunda naturaleza), en este caso son finas las fronteras entre ambos, y responden – eso creo - a los intereses formales de la autora. Como lector no percibo rupturas, abismos, zonas que me permitan experimentar la diferencia.

Laura estructura el cuaderno con oficio, los poemas que abren (Los frutos ácidos) y cierran (Mercado negro) este discurso poético, son ambos excelentes textos, que unidos a otros -no menos importantes- logran esa deliciosa sensación de extrañamiento - de sorpresa - que puede encontrarse en la buena poesía.

Los poemas del libro – en mayor medida – se nutren de lo cotidiano. La autora nos traduce el universo de sus circunstancias – que en muchas ocasiones también son las nuestras - No es una poesía de epopeyas, le interesan más las pequeñas batallas de lo vivencial, el escaneo de su entorno, la particularidad de la provincia… Porque es la provincia el espacio de la mayoría de estos textos y el ahora su tiempo; en consecuencia se nos muestra la ciudad material, la de los negros mercados, la de los pregoneros que regresan, los escapes, la certidumbre sobre un destino inapresable que sus versos sentencian:

(…) el vicio de haberme quedado aquí
la enfermedad mortal de seguir quedándome.

Desde la primera lectura la poeta aprovecha el acercamiento para decirnos: Deseo los mangos del árbol de la vecina / con la fruición con que se quiere lo ajeno… Se muestra en la complacencia de desear lo ajeno, de consumir lo ajeno. El deseo ocupa un papel importante dentro del cuaderno; el deseo como patria, como añoranza, como refugio ante las insatisfacciones. Deseando estoy, / dentro del tambor, como todos, / siendo caja de resonancia del país… Pero este peligroso deseo (deseando peligrosos mangos verdes) arriba, desemboca en el intrigante enigma sobre el destino con el que se cierra el primer poema del libro: Pensando qué pasará si… / O en cambio qué pasará si no... La respuesta será imprecisa en ambos casos, Laura lo sabe, y quiere convocarnos a ese conocimiento. Sabe que no importa si el destino existe o no, de cualquier manera es incognoscible para nosotros.

Me detengo – brevemente – en algunos de los poemas. No me anima la pretensión de excluir a otros con este subrayado, en todos los casos una acotación de este tipo es siempre subjetiva.

Qué noche la de aquel año, segundo poema del libro, es un texto dedicado a Sigfredo Ariel. Poema intenso, claramente vivencial que revela el reconocimiento de la pérdida, la decoloración de la ingenuidad, la fatiga existencial, la desmitificación de la provincia… En Dadme un número, Laura nos sumerge en un replanteamiento de la identidad individual, el ser humano moderno que es agredido por los números, que nace, crece y se desarrolla en una dinámica donde su individualidad es disuelta entre las cifras, los conteos, los censos… el reino de lo estadístico (…) al menos que alguien me diga la cantidad / de cifras que soy (…) Las ventas cierra la primera parte del libro. Es un texto breve y convincente, que se acerca al fenómeno de los vendedores; y escoge – como motivo - a la vendedora de pasta de tomates. La relación cromática entre el puré de tomates y la sangre, sirve a la autora de nexo para conducirnos hacia ese cuerpo sangrante – tropo amplísimo – que nutre desde el fondo del frasco. Metamorfosis, otra vez poema dedicado a su hija - que pudo ser dedicado a todas las hijas – La madre ante la inevitabilidad de la pérdida. Hijas que deben descubrir su propio mundo, como si de nada les valieran nuestros descubrimientos. Otra vez la poeta se cuestiona sobre el conocimiento del destino No es posible saber si alguna vez podrá regresar a / la piel de perro (…) En Éxodo y Astas se evidencia la muerte, la presencia del dolor, la vida escapándose, mezclándose con los otros elementos. Una simbología sorpresiva emplea Laura en el poema Astas, cuando utiliza para representar la lucha interna - quizás el dolor mortal - la imagen de dos venados que se enfrentan dentro (…) golpean una y otra vez. / La punta de cada osamenta se encaja en mis costillas – metáfora preciosa – Escolar es un epigrama deleitable, preciso. Uno de esos momentos en los comulgan la poesía y la razón; la inteligencia que se ajusta, suficiente, en unas pocas palabras. Mercado negro es el último poema del libro - buena elección para cerrar el discurso poético -. Texto sutil y original que motiva a la complicidad, sobre todo en aquellos lectores más cercanos a los entresijos de la literatura cubana.

Las lecturas, los apuntes, las palabras, la celebridad,
quedaron en un papel rectangular
donde estaba anotado mi nombre debajo de un número:
Sucursal 3271.
Traigo entre mis manos el lujo,
el salvoconducto para llegar a la casa de la vendedora
.

Los frutos ácidos, nos permite un nueva aproximación a la poesía de Laura Ruiz Montes, un nuevo acercamiento a su decir poético. La autora parece estar en un momento fecundo, basta dar una mirada a su producción intelectual reciente; para ser capaces de aventurar esta idea. Es lógico pensar en próximas lecturas, en las que Laura continué revelando, - también como Yourcenar – las ocultas esencias.

Por: Abel G. Fagundo

Selección  del libro de poemas

Los frutos ácidos
Deseo los mangos del árbol de la vecina,
con la fruición con que se quiere lo ajeno.
Pensando qué pasará si mastico la cáscara verde,
Pensando qué pasará si…o qué pasará si no…
Con la cabeza golpeada por palabras y silencios,
a mitad del pasillo de la casa sin puertas
              -porque no voy al bosque a talar madera,
deseo los mangos del árbol de la vecina.
Escucho el grito del tenor pregonando el pan caliente.
Corro, escaleras abajo,
a punto de caer y rodar con el mismo vapor del honor
                   -perdón-
con el mismo vapor del horno donde estuvo el pan, quise decir.
Envidiando a Yourcenar
cuando se llena el puño para escribir la sangre blanca del amor,
deseo los mangos verdes del árbol de la vecina.
Deseando estoy,
dentro del tambor, como todos,
siendo caja de resonancia del país.
Reina de la calle oscura,
de la vela a medias,
del agua sin hervir,
y hasta del agua sin correr…
Enceguecida por el brillo de algunas monedas.
Dentro del tambor que es el país estoy,
deseando peligrosos mangos verdes
Mirando árboles que no son míos.
Soñando ácidos mangos verdes, estoy.
Pensando qué pasará si…
O en cambio qué pasará si no…
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Qué noche la de aquel año
             Para Sigfredo Ariel
No era así la vida en la provincia
sino más alegre.
No era así la vida en la provincia
sino más triste.
El regreso no fue lo que esperabas.
Dijiste que aquí habías sido feliz.
Yo sabía que era cierto.
Pero la provincia ya no se deja atrapar.
No le vale que entornes los ojos
ni enciendas un cigarro tras otro.
A la provincia nada le vale, nada le sirve,
                    ningún halago le hace bien.
Aquella noche fue inocente y patética.
Un poeta clásico explicó al clásico Chaikowski
sin saber que tú y yo también lo éramos:
       
tú llorabas sobre tu camisa negra
      y yo lloraba sobre mi blusa blanca,
como correspondía, llorábamos.
Fue patética la noche y había ruido.
Teníamos los mismos ministros
y leíamos los mismos libros,
Éramos iguales pero no.
Tú ya habías estado en el café Berlín
y te habías despedido de algo que llaman los
                                   ochenta.
Yo aún quería ir a Pompeya
y fingía haberme olvidado
    de los ochenta,
    de los noventa,
    de Berlín,
y del café, pero no.
Volviste para después escribirlo.
Mirabas como quien está a gusto
pero a ratos  decías qué raro es todo.
Raro en ti quería decir ven con los que se fueron
sin remedio.
No fue lo que esperabas.
No tuve vergüenza ni rubor.
No me sentí apedreada contra un muro
ni tan grotesca como la bailarina llena
                             de maquillaje
que tropezó con el pie del músico.
Fue la noche perfecta.
No tuve que hablar.
Una noche en la provincia te hizo entender:
        el silencio
        la anacrónica dignidad
        la asfixia húmeda
        la siesta en la orilla
    -porque la tortuga nunca llegará al final
                                de la carrera-
el vicio de haberme quedado aquí
la enfermedad mortal de seguir quedándome.
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Invisible
Me he posado en muchas ramas
pero no me ven.
Desesperada, agité la mano
mientras el médico abandonaba a los enfermos.
Era una simple gripe que nos contagió a todos
pero decir peste negra suena tremendo.
Lo digo probando a imaginar el mismo mal
                         con otros matices:
         peste azul
         amarilla
         verde
         peste roja.
   Hay tanto colorido al nombrar lo tremendo.
Cómo no me reconocen por la gasa cubriéndome
                                   los ojos.
Muerta de hambre y frío,
-de sobredosis, de disgusto, de aridez-
he esperado imaginando cuál piedra desgarrará
                                    el velo,
cuál pondrá la cicatriz en mi cara.
Tantas muertes he tenido
que no me explico cómo no me ven
cuando se asoman al ataúd de otro,
cuando llevan flores al mar
o cada vez que suena la trompeta
      cortante
      aterradora
      terrible
a la entrada de las tumbas de los héroes.
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Dadme un número*
Mi número, el número que yo pudiera ser
en la chapilla de plata
      que cuelga de la cadena
      que cuelga del cuello
      que cuelga de la cabeza.
Dadme mi número.
El número que me corresponde en la espera
      de los hospitales,
      en la fila de los autobuses,
      en el pasaporte
y en todos los registros de firmas.
Dadme mi número,
el número que seré en el panteón de la familia.
Quiero saber cuántos muertos descansan debajo
                                      de mí.
Dadme mi número,
el número despedazado que podría ser
si me lanzo al mar en pos de...
Dadme mi número,
mi verdadero número de identidad,
el número del teléfono que suena después
                             de medianoche
para que el número de la cuenta a pagar sea
                                       menor.
Dadme mi número.
O al menos que alguien me diga la cantidad
                         de cifras que soy,
los ceros que tendré cuando llegue el momento
en que los nombres no signifiquen ya ninguna
                                      cosa.
                              *Julia de Burgos
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Las ventas
Pasta de tomate propone la vendedora.
Pero parece sangre, envasada y vuelta a envasar.
Propone la vendedora pasta de tomate
pero en verdad es sangre licuada, hirviendo a
                                  borbotones,
revuelta una y otra vez
con la cuchara de madera,
Pasta de tomate para comer, untar, mezclar.
Y en el fondo del frasco
el cuerpo desangrado de donde brota todo.
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Metamorfosis, otra vez
Mi hija, a veces, es un perro con dueño y comida.
Al nacer, encontró libros y ciudades ya levantadas,
No conforme, intenta experimentos.
Como en los laboratorios, consigue su propia
                                 lluvia ácida.
En un descuido se duerme.
El amanecer está lleno del polvo de su joven
                              madera carcomida
No es posible saber si alguna vez podrá regresar a
                                  la piel de perro,
a su hermoso cuerpo de perro con dueño y comida,
                                       con techo,
que ladra, con entusiasmo a las sombras
                              que van pasando.
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Éxodo
No de la última muerte muere el vivo.
No del último dolor,
ni de la herida abierta y supurante.
El vivo muere con elegancia:
unas compuertas que se abren,
para que salga todo mar afuera.
Vena abierta, boca que busca
     aire,
     caudal,
     torrente.
Chorro en el que se mezclan años,
    basura,
    limosnas
que corren calle abajo,
entrando por debajo de las puertas de las casas,
    hoteles,
    cárceles,
    bodegas
    ferrocarriles.
Visitando cada rincón prohibido del país,
como alguna vez  el vivo lo soñó.
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Astas
Los venados de adentro se enfrentan.
Las astas sacan chispas cuando chocan.
Los venados de adentro
golpean una y otra vez.
La punta  de cada cornamenta se encaja en mis
                                   costillas.
Como todo está a oscuras,
no pueden ver dónde está el otro.
Mueven las astas en la oscuridad
y acaban  abriéndome en dos,
            -o en tres.
La cantidad de agujeros nunca es importante.
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Escolar
Hay que inventarle un dobladillo fantasma
a los gastados pantalones del uniforme escolar.
Hay que darle de largo
        -como a algunas cuestiones:
para ver hasta dónde llegan.
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Mercado negro
En ese pasillo oscuro y sucio vive la vendedora.
Me pregunto cómo es posible
que todos sepan dónde vive,
que señalen el portón derruido
y expliquen en alta voz el sitio exacto.
Traigo entre mis manos
muchas noches de lecturas,
de apuntes tachados y vueltos a limpiar.
Traigo entre las manos las palabras que dije
para anunciar el libro de alguna celebridad.
Las lecturas, los apuntes, las palabras, la celebridad,
quedaron en un papel rectangular
donde estaba anotado mi nombre debajo
                            de un número:
Sucursal 3271.
Traigo entre mis manos el lujo,
el salvoconducto para llegar a casa de la
                                 vendedora.
Dos libras, le digo.
Y ella, displicente,
me entrega el jamón fresco, rojo, prohibido.
Miro de reojo el nylon que lo cubre
y leo “Unión de la Carne”.
La vendedora no sabe por qué me sonrojo
ni en qué piel, cuerpo, celebridad, estoy pensando.


Laura Ruiz
Laura Ruiz Montes
(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, Lo que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión. Editora principal de la revista Mar Desnudo

Publicado originalmente en : http://mardesnudo.atenas.cult.cu/?q=los_frutos_acidos

viernes, 6 de enero de 2012

El Terco Persistir. Libro de Poemas

Durante la pasada Feria Internacional del Libro 2009, Ediciones Aldabón – sello la Asociación Hermanos Sainz y la más joven de las Editoriales Matanceras- presentó los libros de poemas “Residuo” de Debys Domínguez y “El Terco Persistir” de Abel G. Fagundo; ha este último poemario pertenece la selección de poemas que Mar Desnudo ofrece a sus lectores.
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El mulo

El señor del pelo blanco
saca sus plátanos de la jaba criolla
se mezcla el juego natural
de los colores que alimentan.
Jamás he trabajado
con la decencia que ese señor
espera de un hombre.
Mis poemas no paren frutos
que puedan comerse
con la felicidad del sembrador.

Son como mulos
asisten al desequilibrio de la vida
pero no alcanzan
a reproducirla por sí mismos.
El señor del pelo blanco
va a morirse en paz
yo moriré con el dolor rabioso
de las almas inútiles.
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Los porteros

Una cerca, otra cerca
un mundo de cercas y porteros.
Más me intimidad los porteros.
Son prolongaciones del concepto
y a diferencia del alambre
o del muro
no se limitan sólo
a irrumpir sobre el paso censurándolo
también critican, agraden
condenan el intento de caminar.
Sucede con estos porteros, casi siempre,
que además de vivir
entre las llaves y los muros,
cargan con uno dentro.
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Y que les importa tu discurso postmoderno

Se estremece el orador de rabia
traga en seco
violenta la mirada
se agarra el traje negro, lo estira
con la fuerza que rompe
un carnicero las fibras de la res.
El labio se le endurece
y las palabras saltan al mundo
carentes de sonido, inconexas.
Hasta un tren a lo lejos
se empeña en maldecir
con la cadencia desesperante
de sus ruidos.
Se estremece el orador de rabia
bajo el estrado va pasando en silencio
alguien que no lo escucha
un vendedor de frutas
que ha de sobrevivir
pese al repiqueteo
de tantos verbos.
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Variaciones en la teoría del caos
 
Una mujer sensual favorece al caos.
Algunas conforman
las líneas para un cuadro armónico
pero sin desgarramientos.
Otras mientras se ocultan en sus ropas
tras el cristal de unas gafas
en la delgadez o el rostro endurecido por la vida
consiguen el hechizo,  
la magia del personaje irreverente
y definitivo de un Cortázar común.
Una mujer sensual es en esencia
puro desorden.
Entropía.
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El terco persistir

Paul Eluard, escribió: (quizás)
La poesía debe tener como fin
la verdad práctica.
Tal vez quería burlarse de nosotros
con su francés social
o fue traicionado por la poesía
severamente,
como a un paria en el mundo
de los clásicos.
La poesía debe tener como fin
desfigurar la historia
escribir lo que pudo ser
no lo que fue.
Reconocemos su inutilidad
aún así, persiste...
Tal vez quiero burlarme del lector
y la poesía me ha castigado
severamente
como a un paria en el parnaso de los hatos
bien al SUR.
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Cuadro feliz con caballos
   
A la lectora anónima de Israel Domínguez

Un caballo blanco, un caballo negro…
a lo lejos la insinuación del mar.
Me imaginaba la fornicación de los caballos
mientras los veía a través del lente impune
de aquella cámara fotográfica
recurso del mirón
la intimidad de quien ve por la ventaja ajena.
Una mujer que hubiera querido estar desnuda posaba
la fisura de sus dientes tratando de masticar al viento
sonrisa nerviosa de una mujer que se emociona
con la difícil dimensión de los caballos
ser la yegua ese instante
el animal que sufre y se deleita.
Otra mujer a lo lejos
casi al margen de mi fotografía
con un cuaderno de Israel Domínguez
sufriendo entre sus manos
enamorada de Israel, hermosa y  loca
como sólo puede estarlo un ser extraviado
alguien que lee poesía en estos tiempos.
Al horizonte de la imagen
un borde gris que se parece a la llovizna
y un hombre allá, sudado…
otro poeta,
Israel que me mira con sus binoculares.
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Iniciación

Su primer trago
fue en este bar
de mala muerte
donde se bebe
en latas recortadas
y el alcohol
amarillo y burbujeante
tiene gusto
a ropa sucia de obrero.
Los otros tragos
se perdieron en el mapa.
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Fuga

La muerte prevalece
siempre la muerte
con el viejo significado.
Siempre la muerte
como una consecuencia
de la oportunidad de ser.
Siempre la muerte,, personal
en su historicidad continua
en su confirmación.
                  …
Te venceremos algún día
cuando no sepas como descubrirnos
dentro de la carne transformada
en herencia digital.
Cuando no sepas
como encaramarte
sobre el hombre binario
para hacer tu fin.
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Director de Orquesta

No dejes
la batuta descuidada
los mediocres
los usurpadores
aún sin destreza
pueden en su
empecinado intento
destruir toda la sinfonía.
Luego nadie recordará la música real
la memoria remota de lo bello.
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Manifiesto 9 Cero

A Noel Castillo

Generación,
posconversacionales
seamos entonces
antes que la palabra
se hunda en la uniformidad
de la página en blanco
que la cubra de negra parrafada.
 

Abel G. Fagundo (1973) Jagüey Grande. Poeta

martes, 3 de enero de 2012

Hija de la Taberna

Palabras de presentación al libro de Mae Roque "La Hija del Tabernero"

La“ Hija del tabernero” es un libro de poemas de Mae Roque. Un libro concebido en estas calles, en este espacio físico y temporal que llamamos Jagüey Grande. Mae dio forma a algunos de estos versos durante los momentos iniciales de la década de los noventa, fui testigo de aquellos primeros ejercicios estéticos, sentí como iban tomando cuerpo escritural y como cambiaban junto al pueblo, con esa capacidad que tiene el verso para adentrarse en el laberinto de sus circunstancias.


Fue ediciones Vigía la pionera en acercarse, dar cuerpo a la memoria de este libro con un hermoso pergamino que muchos recordamos. La Hija, la taberna, Mae, fueron llenándose pacientemente con esos pedazos de otros que ella recorre en su verso, pequeñas ciudades que vive o inventa para tener más sitios donde ir; se edifica y va tejiendo con la realidad circundante el discurso lírico de este libro que tanto tiempo ha demorado en llegar a nosotros.

Mae no quiso publicarlo antes, quizás un día pueda explicarnos las razones, o aun mejor, desentrañarlas junto a sus lectores a la largo de estas páginas que ahora se nos muestran como un todo; un organismo que fue tomando forma en sus palabras, entre los pequeños fragmentos de vida que se van tejiendo con calma y rigor en este libro de poemas
.
La edición inaugura la hermosa colección “Los puentes” de la más antigua y representativa editorial matancera. Las ilustraciones de Yampier Baez se unen al elegante diseño de Yohan Trujillo y entregan en lo formal, en lo aparente, un libro que conquista a través de su visualidad, de su valor como objeto y a través de su aliento, de su efectividad poética.

Mae conquista, reconquista, se evidencia, quiere que sea el poema el único protagonista. El lector podrá darse cuenta enseguida de que ninguno de los poemas lleva cita referencial que lo aparte de su propio significado. No dedica Mae sus poemas a nadie especifico, no introduce o proclama, es una poesía para todos en la que nos habla solamente el verso autónomo, la idea suficiente, los sujetos que se crean y destruyen durante toda la evolución textual del libro
.
Se van incorporando en esta poesía, la idea del naufrago, de la taberna, el lugar que el agua ocupa entre quienes habitamos la isla, marineros de este barco que trajo el comienzo de un siglo, mujeres, amantes…. seres mortales que se cuestionan a Dios y a la existencia desde una estética enérgica
.
Mae nos dice: “ Sigo aquí, en la isla, en la taberna, en un rostro que se parece al mío”, ella está segura de la verdad del poeta y termina por involucrarnos en esa verdad.


Por: Abel G. Fagundo

domingo, 1 de enero de 2012

El Costal de los Pecados (Selección)




Libro de poemas de Abel G. Fagundo.
Ediciones Matanzas 2006
Prologo
Bárbaro Velazco. Editor


“Cuando el dolor es la musa,
se canta mejor donde el sufrimiento es más vivo”.
José Martí

Que la poesía es un misterio cuya esencia resulta inescrutable es una verdad de Perogrullo, por tanto todo intento por esclarecerla y develar sus imbricaciones será siempre una aproximación. Y como tal veo estos apuntes que me solicitara el autor del libro.
El apotegma martiano que encabeza estas anotaciones me acompañó en las varias lecturas de El costal de los pecados, porque su cuerpo verbal devela el ansia de saciar un hambre, el hambre de confesión que provoca la acumulación de culpas. Deshacerse de ellas es lo que condujo a su creación. Y en ese arrepentimiento sincero, que sólo es obra del caer y levantarse tantas veces, de la purificación a la que se llega, luego de tantos abatimientos, del afán del alma atormentada en busca de la robustez, por la reconquista de su condición humana, luego del extravío, de la terrible soledad y de la muerte aparente, el dolor, uno y múltiple, resulta indiscutible protagonista. 
Con tal propósito, el poeta recurre a recomponer en poemas dos refranes: en una primera parte “árbol que nace torcido jamás su tronco endereza”; pero en otra, busca hacer “leña del árbol caído”. No es que glose o establezca pautas determinantes, simplemente, de algún modo se identifica con los árboles. 
Lirismo denso, extraño, de vibración trágica que, aunque parezca paradoja, aterra, deslumbra y apacigua a un mismo tiempo, encontrará el lector en este poemario escrito entre 1994 y 1998, porque en los textos que lo integran, Abel G. Fagundo, con intencionalidad verbal encarnada, nos recrea la crudeza de la realidad agobiante, imposta su palabra en la pluralidad de los motivos más diversos: mutaciones, memorias lacerantes, transfiguraciones, enigmas, espectros... 
El poeta –él y todos– vive, se contradice, miente, duda... se desconcierta y asombra, arrastra sus culpas y sinsabores, sus penas y debilidades, su angustia toda, y en la indagación luego de tantas caídas en los abismos del ser, el autoanálisis para desenmascarar las penurias existenciales, y en esta indagación del ser, en la hermenéutica del discurso, los símbolos (árbol, ave, isla, ciudad, luz, vida, muerte, fuego...) asumen la ordenación del caos, y urge el arrepentimiento (“El arrepentimiento es un modo de entrar en la virtud” sentenciaba el Apóstol) porque el hombre necesita del presente, vivir ahora, a plenitud. 
Se utilizan, además, como referencias en todo el poemario varios de los elementos simbólicos de la herencia cristiana: 
• El siete es utilizado en su relación con la totalidad, en el valor simbólico de que da a este número el pensamiento judeo-cristiano: 7 citas bíblicas, 7 veces la palabra Dios igual número de veces la palabra Amor. 
• Hay 40 poemas, y este número alude a la simbología bíblica pues Noé, Moisés, los espías, David, Elías y la ciudad de Nínive fueron transformados en ese lapso; Jesús recibió poder luego de permanecer 40 días en el desierto y sus discípulos se transfiguran, cambian, al compartir con él 40 días después de su resurrección.
Sin embargo, no es El costal de los pecados un libro procristiano y mucho menos doctrinal, aunque estas alegorías no son recursos apriorísticos, sino que se emplea el elemento cultural y simbólico de nuestra cultura judeo-cristiana para un ejercicio de creación en el que se devela la historia de un pecador que busca redimirse en la palabra. 
Tampoco se nos ofrece una visión apocalíptica de la existencia. “La poesía es emanación”, afirmó Martí, y en el efluvio, el desgarramiento de las entrañas del poeta, éste se despoja de toda iniquidad, de toda torcedura, de toda sobrecarga en esa suma de confluencias que arrostramos por altibajos y claroscuros, por caminos insospechados. Se impone la ansiosa búsqueda del bienestar espiritual, del equilibrio emocional porque la transformación no es esperanza postergada, el arrepentimiento no significa dejación y sí magnificación del ser. Al fin la niebla es vencida por la luz, los años no quebraron el tronco, lo enderezaron, o mejor, lo salvaron: 
Algo que en mí se llama soledad
insiste,
reconstruye.
Selección de poemas del libro

Descarga el libro completo desde aquí: 
http://abelgfagundo.blogspot.com/p/libros-de-abel-g-fagundo.html
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Al borde 
Vivir al borde del abismo,
sin dinero, sin papeles de honor,
sin manecillas lentas,
vivir aquí y ahora
sin escrutinios filosóficos ni sombras de servicio.
Vivir, sólo ese acto de lavarse los ojos con el agua de Dios,
de mirar la mañana húmeda que nace
y preguntarse que milagro ocurrió
para que siga latiendo mi corazón,
aquí, sobre una isla que ha estado
siempre ha punto de estallar,
en el centro de un mundo
que para nosotros es una extraña metáfora.,
una lejana libertad del eco que no vuelve.
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Las hormigas coloradas
(..). y el estrépito devastador
de las enormes hormigas coloradas
Gabriel G. Márquez
Aquí está la masa,
se mueve en su rebaño doloroso
sobre las carreteras y ciudades.
Soy otra cabeza entre miles de cabezas,
escribo falsos pergaminos,
entre mis piernas escondo la cola de cerdo.
Yo también padezco la ceguera de Melquíades,
el infortunio del encierro.
Y no tendré que esperar todo un siglo,
las hormigas coloradas
ya se comieron a mi generación.
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Descarga el libro completo desde aquí: 
http://abelgfagundo.blogspot.com/p/libros-de-abel-g-fagundo.html